“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

Y ahora López Obrador contra periodistas

Conforme a la teoría de la conspiración, quienes incomodaron al entonces candidato presidencial, o le serán incómodos en su próxima condición de titular del Ejecutivo federal, perdieron su ubicación privilegiada en sus medios

Por Juan Bustillos

Como si no le faltaran problemas a Andrés Manuel López Obrador con la nominación de Manuel Bartlett para dirigir la Comisión Federal de Electricidad, ahora le cargan agresiones tempraneras a la libertad de expresión.

No deja de ser una ocurrencia que se presenta en cada ocasión que cambiamos de presidente, pero hoy es evidente la intención de presentarlo como enemigo de la libertad de expresión.

Carlos Marín ya no es director de Milenio, pero conserva su columna y su programa de televisión; Carlos Ramos Padilla dejó de conducir su programa en radio ABC.

La nueva situación de ambos, conforme a las redes sociales, tendría que ver con el candidato ganador, presidente electo o virtual; si bien nadie acierta a decir de qué manera, para “deshacerse” de ambos habría usado el poder irresistible que le da, desde ahora, el ser el dueño de todo, el Poder Ejecutivo Federal, el Congreso y el Judicial, si consigue instaurar el Tribunal Constitucional que reduzca a la Suprema Corte de Justicia de la Nación a mero Poder Judicial.

Las empresas de comunicación en las que laboran Marín y Ramos Padilla tienen su propia explicación del por qué ambos periodistas cambiaron de estatus, pero nadie les cree; es mejor aceptar la que circula en las redes sociales desde la noche del lunes, es decir, la de la conspiración.

Digámoslo con claridad: Conforme a la teoría de la conspiración, periodistas que incomodaron al entonces candidato presidencial, o le serán incómodos en su próxima condición de presidente de la República, perdieron su ubicación privilegiada en sus medios.

Sólo conozco las explicaciones oficiales de las empresas de comunicación y no me atrevo a especular qué hay en el fondo de ambos movimientos, pero si bien es cierto, por su estilo peculiar, Marín pudo incomodar al ex candidato de Morena en la entrevista colectiva que le hicieron los periodistas de Milenio, en nada se puede comparar a la que le hizo al presidente Enrique Peña Nieto en Canadá; por su parte, Ramos Padilla no incomodaría, con sus suaves maneras, ni siquiera a José Antonio Meade.

Dicho de otra manera, nada hay que justifique algún enojo de Andrés Manuel contra ambos.

Es muy probable que la situación de los dos reconocidos periodistas cambiase más por el conocido estilo de sus patrones ante el poder que por malestar de López Obrador, de César Yáñez, quien maneja, y manejará, la comunicación de quien será el próximo presidente de México, o Julio Scherer, cuyo nombre y apellido tienen significado, en el medio periodístico, por sí solos.

Marín y Ramos Padilla tienen un estilo muy definido y su actitud ante quien posea el poder es muy conocida, al igual de quienes le dan albergue en sus medios, de tal suerte que resulta capcioso, más que ocioso, culpar a López Obrador de su presunta desgracia en demérito de la libertad de expresión.

Poco se sabe de la política de comunicación del próximo gobierno, más allá de la reducción porcentual del gasto en publicidad del gobierno federal y el control, desde la Presidencia, de lo que hasta hoy han sido las oficinas de prensa.

Es indudable que algunos medios tendrán, tendremos, que bajar la cortina, y que otros, los de siempre (en especial las televisoras y la llamada gran prensa), serán tratados al igual que lo fueron en el priato y el panismo, pero de esto a que López Obrador o alguno de sus personeros se ocupen de Marín y de Ramos Padilla (como de perseguir con un carro amarillo a Ricardo Alemán) hay cierta distancia.

No tengo duda de que no faltará quien albergue en los seguidores de Andrés Manuel sentimientos en contra de periodistas o medios en lo particular, y que, montados en el supremo poder ejecutivo, intenten satisfacer sus venganzas más íntimas; estarán en su derecho y la oportunidad les ayudará a mostrar su pequeñez, pero ya será cuestión nuestra reaccionar ante sus embestidas.

No obstante, me resisto a aceptar que, cuando a diario le brotan asuntos de importancia vital que requieren su atención, el sucesor de Enrique Peña Nieto pierda el tiempo en movimientos como el de Marín y Ramos Padilla, propios, más bien, de los intereses económicos o de los temores o principios de sus empleadores, estos sí dispuestos a satisfacer al príncipe en turno más por inspiración que por petición.

Pero ocurre cada sexenio, gane quien gane la Presidencia. Así que no nos vayamos con fintas.