“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

El pacto de impunidad de Ricardo Anaya

Se equivocará si supone que han sido olvidados los agravios y las amenazas de meter a la cárcel a Enrique Peña Nieto

 

 

Por Juan Bustillos

¿Cómo olvidar a Ricardo Anaya en su mejor rol de candidato presidencial, con la mirada endurecida tras las antiparras, y desaparecida del rostro la bien ensayada sonrisa, amenazando a Enrique Peña Nieto con meterlo a la cárcel apenas tomara posesión de la Presidencia de la República?

Hoy, después de un reparador descanso en el extranjero, regresa destilando dulzura con mirada y sonrisa. La foto que se hizo tomar con el líder del PAN, Damián Zepeda, nos recuerda al joven maravilla que a todos impresionó cuando presidía la Cámara de Diputados.

Dejó su refugio en el extranjero y regresó a México a participar en la asamblea panista quizás con la intención de seguir siendo factor en su partido, de tal suerte que él mismo pueda continuar siéndolo en el siguiente sexenio, ejerciendo una especie de “jefatura moral”.

Nada tendría de anormal su retorno a México, pues se trata de un personaje distinguido por su condición de ex líder nacional de su partido y ex candidato presidencial, pero extraña que se arriesgue a regresar a sabiendas de que, conforme a voces oficiales (fuentes cercanas a Los Pinos, como dirían los clásicos del periodismo político) insisten en que la PGR tiene un caso sólido en su contra, pero también sobre su entorno familiar.

La única razón por la que el encargado de despacho de la PGR, Alberto Elías Beltrán, no ha dado el paso decisivo sobre el presunto caso de lavado de dinero que lo involucraría con el empresario queretano Manuel Barreiro, en su caso, y a otras personas en el tránsito de un millón y medio de dólares rumbo a España a través de Estados Unidos, sería la existencia de un pacto de impunidad entre el excandidato del Frente PAN, PRD, MC con el PRI o el Gobierno Federal, que, como están las cosas, ahora ya no son lo mismo.

O con Morena y Andrés Manuel López Obrador.

Es probable que solo se trate de una especulación con base en las reiteradas denuncias de Anaya en la campaña presidencial y en los debates sobre el supuesto pacto de impunidad que habrían entablado el PRI y Morena, en el que las monedas a intercambiar habrían sido el triunfo de Andrés Manuel López Obrador y la libertad del Presidente Peña Nieto, como la del candidato priista José Antonio Meade.

Conforme a las fuentes cercanas a Los Pinos (¿será la de “Petróleos” que tanto sirve a quienes usan esta figura para dar solidez a sus relatos?) el Presidente Peña Nieto desechó, de origen, perseguir a familiares del candidato panista porque no es su estilo ensañarse con la familia. Además, cuando se pone a funcionar la guillotina nunca se sabe si volverá a la bodega.

La verdad es que si no se procedió contra Anaya fue porque en cada ocasión que el gobierno filtraba una información sobre el supuesto caso de lavado de dinero, el tiro salía por la culata, es decir, a cada publicación, el beneficiario en las encuestas era Andrés Manuel López Obrador. Ricardo habría perdido 10 puntos que sirvieron a Andrés Manuel, mientras tanto, José Antonio se quedaba mirando.

Lo cierto es que quienes conocen las entrañas del caso se asombran por la temeridad de Anaya.

Suponen que si se atrevió a regresar sin amparo de por medio es porque, quizás, se sabe inocente o negoció algo.

De ser culpable o carecer de un arreglo no habría retornado en los 3 meses y casi 4 semanas que le quedan al sexenio.

Como hombre de poder sabe que basta con una orden, vaya, una insinuación de quien manda, para que, aun contra su voluntad, Elías Beltrán reactive el caso que mantiene dormido.

A menos que el famoso “Pollo” de la PGR ya escuche órdenes en otro lado o no obedezca las que recibe, como lo hace desde meses atrás.

Todo esto puede ocurrir, pero Anaya se equivocará si supone que han sido olvidados los agravios y las amenazas de meter a la cárcel a Peña Nieto.

Debe entender que hubo tiempo en que no reaccionar ni activar el caso en su contra obedeció a una cuestión estratégica; hoy, las circunstancias son diferentes y, en todo caso, su asunto pasará de un procurador a otro, es decir, estará en las manos y en la voluntad de otro que tal vez no sea tan indulgente.

Por eso es válido suponer que si regresó sin temor a México fue porque es beneficiario de un pacto de impunidad, como el que denunciaba cuando estaba en campaña.

La pregunta es ¿con quién lo entabló? ¿Con Peña Nieto o con López Obrador?