“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

Cordialidad engañosa… hasta el 1 de diciembre

¿Cuándo cambiará el tono? Luna de miel no puede ser eterna

Por Juan Bustillos

Impresiona la cordialidad, muy mexiquense, que imperó, al menos en público, en el encuentro entre Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador, y sus respectivos gabinetes. Nada nuevo tomando como referencia las reuniones previas entre los mandatarios constitucional y electo.

El presidente electo definió el clima con precisión: “Es algo extraordinario el que podamos tener esta relación armoniosa entre el Gobierno que está por terminar y el Gobierno que va a iniciar sus funciones”.

El mandatario constitucional sólo usó una palabra: “Inédito”.

Si, como dice Peña Nieto, el encuentro y el clima son inéditos, y enhorabuena que así sea, la pregunta, en todo caso, es ¿cuándo cambiará el tono?, porque la luna de miel no puede ser eterna.

De hecho, contra las apariencias, la tal cordialidad “extraordinaria” sólo existió cuando los equipos presidenciales saliente y entrante se encontraron… ante la prensa. Una vez que se despidieron sabe Dios lo que pensaron o dijeron. Veamos, sin pretensión de ser exhaustivos:

Alfonso Durazo, que será secretario de Seguridad Pública, ha dicho que el próximo gobierno “recibirá una seguridad en ruinas”.

Este lenguaje no puede ser calificado de cordial.

Sin embargo, el Presidente Peña Nieto ha llevado la cortesía al extremo de aceptar ser él quien envíe al Congreso la iniciativa de ley para separar la supersecretaría que construyó uniendo a Gobernación con Seguridad Pública, lo que, en buen romance, significa que fue convencido de reconocer que la idea no fue buena.

Si hubiese la mentada cordialidad, cualquiera de las bancadas de Morena podría presentar, al inicio de la próxima Legislatura, la propuesta de regresar al diseño anterior, con la adición de que la SSP tenga, además, la facultad de espiar a los ciudadanos.

Así, la menguada bancada priísta en el Senado, conducida por el ex secretario de Gobernación, Miguel Osorio Chong, no se verá ante el dilema de votar a favor o en contra de la iniciativa que les envíe quien fue su jefe y que entre septiembre y el inicio de diciembre lo seguirá siendo.

Andrés Manuel tomó la decisión de rebajar los salarios de la alta burocracia a la mitad, incluyendo el suyo, lo que, en sí mismo, es una crítica severa al gobierno que está por terminar.

De igual manera, llevar a consulta popular (“porque el pueblo es sabio”) la construcción del nuevo aeropuerto en Texcoco o en Santa Lucía es poner a votación a mano alzada la decisión del gobierno del Presidente Peña Nieto de realizar una obra que ya lleva el 30 por ciento de avance y cuya marcha atrás, en aras de la democracia participativa, huele más a poner en duda las acciones del actual gobierno que dar la razón al pueblo.

Es impecable que se auditen todos los contratos y se castiguen los actos de corrupción, si existen, pero el tema es técnico no de opinión popular, cual sea lo que se entienda por esto.

Si, como dice Andrés Manuel, “no es cierto lo que nos han hecho creer que la economía es asunto de los economistas y que la política es asunto de los políticos”, ¿por qué no se pregunta, por ejemplo, a todo el pueblo de México si quiere o no la construcción del tren turístico del sureste o la descentralización de las dependencias gubernamentales?

En todo caso, ¿por qué no acabar con la democracia representativa, es decir, enviar el Congreso al basurero de la historia y preguntar todo directamente al pueblo?

Por fortuna, López Obrador no planteó que fuera el propio Peña Nieto quien enviara al Congreso la iniciativa de demoler, hasta los cimientos, la que se considera la mejor de sus reformas estructurales, la Educativa.

Ignoro si la cordialidad mexiquense habría dado como para satisfacer una petición en este sentido, pero, en cualquier caso, habría sido rudeza innecesaria.

Se engañarán quienes esperen, en especial los colaboradores más conspicuos del Presidente Peña Nieto, que la cordialidad presumida ayer permanezca a partir del momento en que la banda tricolor cambie de pecho. La realidad se les presentará cuando la nueva Legislatura glose el último informe del sexenio.

Por lo demás, a nadie debe sorprender la cordialidad aparente entre quienes vienen y los que se van.

El presidente electo habló de su reconocimiento al talante democrático del Presidente Peña Nieto. Ya lo había dicho antes, pero lo reiteró: “No se involucró en el proceso electoral, como nos consta ha sucedido en otras elecciones. Por eso, nuestro respeto…”.

Otro sería el clima si José Antonio Meade hubiese alcanzado una votación diferente a la que hundió al PRI, de nueva cuenta, en el sótano de las fuerzas electorales. Con esos números no queda otra que optar por la cordialidad.

De haber funcionado el supuesto de que la maquinaria electoral del PRI caminaba como en sus mejores tiempos, y que un candidato no priísta atraería los votos de los indecisos, de otra cosa estaríamos hablando. Lo que ocurre en Nuevo León, por las alcaldías de Monterrey y Guadalupe, es, apenas, un juego infantil.

Después de la toma de posesión, las prioridades cambiarán para el próximo gobierno. Como algunas de las expectativas más caras de sus votantes, las que tienen que ver con el bienestar familiar tardarán en ser realidad, o quizás nunca lo sean, porque los números que se manejan en campaña son bien diferentes a los del presupuesto aprobado por el Congreso; la más fácil salida para dar cauce al desencanto y al descontento será cortar cuellos y dejar correr la sangre… de los que se fueron.

Nada nuevo que no conozca la antigua clase política priísta que ha retomado el poder a lomos de Morena; es una práctica que aprendieron de sus antepasados y a la que, en su momento, ellos mismos acudieron: Echar la culpa a quienes sustituyen. Lo hicieron con López Portillo, Miguel de la Madrid y Carlos Salinas. ¿Por qué podrían cambiar ahora?