“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

Compartir la historia de un sexenio

A 100 días de concluir su gobierno, y a una semana de su último Informe, Peña Nieto inauguró, con valentía y sin medias verdades, un ejercicio inédito…

Por Juan Bustillos

A Alfonso Camacho. Se requiere ser leal y valiente para aceptar hoy la oficina de prensa del PRI

Hay mucho que debatir, reconocer y criticar al gobierno que está a 3 meses de concluir, pero nadie podrá negar al Presidente Peña Nieto la inauguración de una práctica inédita: No ocultarse tras las murallas de Los Pinos y, en cambio, ofrecer al país su propia versión de lo que ocurrió el primer domingo de julio y las razones por las que, según él, entregará la banda presidencial a quien todos creíamos que nunca llegaría a ceñirse la banda presidencial, Andrés Manuel López Obrador, y no a un priista o a un simpatizante, como lo fue José Antonio Meade.

Quizás una de las aportaciones de Peña Nieto para el debate previo a su último informe sea su convicción de que vivirá su ex Presidencia con tranquilidad porque no tiene temor alguno a futuras persecuciones, pues apegó todos sus actos a la ley, así como su deslinde de lo que sus colaboradores pudieran ser responsables.

Palabras sin desperdicio: “Si hay alguien dentro de mi administración, dentro del gobierno, cuya actuación haya estado al margen de la ley, y no se haya apegado a los principios de ética que siempre se instruyó, pues cada quien tendrá que enfrentar sus propias responsabilidades”.

Pero también la novedosa recomendación de que el PRI deberá cambiar no sólo de manera de caminar y vestir, sino hasta de nombre, si quiere seguir siendo opción para los mexicanos.

Se requiere valor para hablar en estos términos cuando faltan 3 meses y una semana para concluir su mandato, colocándose, así, a tiro de piedra para que pierdan límite los detractores gratuitos que ya tiene e inicien el cobro de facturas quienes sufrieron, en sus intereses, las consecuencias de sus reformas estructurales.

Quizás el único antecedente trascendental sea la entrevista que antes de terminar su mandato, en noviembre de 1970, dio Gustavo Díaz Ordaz a Ernesto Sodi Pallares, en la que dijo estar totalmente tranquilo con su conciencia en relación a los hechos del 2 de octubre de 1968, pero él es el primero que enfrenta a la prensa al lado de su sucesor, que fue candidato de otro partido, y no del suyo.

Poco más de tres lustros atrás tuve la fortuna de encontrar a Enrique Peña Nieto. Integra con Javier García Paniagua, Carlos Salinas, Luis Donaldo Colosio, Manlio Fabio Beltrones y Arturo Montiel, la galería de personajes de nivel presidencial que el oficio de reportero me dio la oportunidad de ganar su amistad y confianza.

Era secretario de Administración del gobierno mexiquense y el PRI buscaba regresar, en 2006, a Los Pinos vía Roberto Madrazo o Montiel. El intento terminó en guerra fratricida y con el partido hundido en el tercer lugar de las fuerzas electorales.

Cuando en aquella época le hablaba de la posibilidad de ser él quien recuperara la Presidencia en 2012, desechaba la idea, pero ya había marcado su destino la manera como se resolvió, en 2006, la candidatura priista a favor de Roberto, y en contra de Arturo.

Observé de muy cerca, tanto como fue posible, por razones de amistad y confianza, su dedicación a construir las circunstancias favorables para ser candidato (recuperar, primero, todo lo que el PRI había perdido en el Estado de México) y el apego a su estrategia: Realizó un gran gobierno; apoyó a candidatos priistas a gobernadores y presidentes municipales por todo el país; aprovechó el desgaste panista de 12 años de gobierno y la proverbial pulverización perredista en tribus; usó, con habilidad, el aparato mediático dominante de la época, la televisión, y, al final, consiguió lo que parecía imposible, no obstante la mala imagen que ya arrastraba el PRI.

CON PUNTOS Y COMAS

Este lunes 27 se cumplirán 3 años de su intento de construir a quien podría ser su sucesor en la Presidencia de la República. Movió a José Antonio Meade de la Secretaría de Relaciones Exteriores a Desarrollo Social, y envió al jefe de su oficina, Aurelio Nuño, a Educación Pública. Uno fue candidato y el otro coordinó su campaña. La estrategia falló porque los proyectos de “delfín” no crecieron y el PRI-Gobierno, conforme al propio análisis de Peña Nieto, no pudo hacer frente al hartazgo que ya se había manifestado en 2000 y 2006; no consiguió nulificar la percepción que identifica al partido, y a los gobernantes, con la corrupción; no supo usar las modernas maneras de comunicación (las redes sociales); falló la coordinación entre niveles de autoridad para frenar la inseguridad; se atragantó con el caso Ayotzinapa, que correspondía al gobierno de Guerrero y a las presidencias municipales de Iguala y Cocula; no encontró la manera de evitar el consecuente desgaste causado por medidas impopulares, como el “gasolinazo”, y también fueron definitivos errores personales, como el control de daños del escándalo causado por la llamada “casa blanca”, etcétera.

El resultado fue desastroso, peor que en 2000, cuando Vicente Fox echó al PRI de Los Pinos, a grado tal que el presidente recomienda que el partido cambie de nombre porque, como dijo a Rosa Elvira Vargas en la magnífica entrevista que publicó La Jornada, “si conserva los apellidos” no funcionará.

Peña Nieto inició, a partir del miércoles, una ronda de entrevistas periodísticas para crear un clima favorable a su último informe de gobierno y no eludió pregunta alguna, ni siquiera las más dolorosas, como su aceptación del error de que fuera su esposa, y no él, quien saliera a explicar los señalamientos sobre la “casa blanca”.

Dice el refrán que mal empieza la semana a quien ahorcan en lunes… y todo indicaba que la semana que termina sería lapidaria para el Presidente.

Debo decir que sentí pena, en la mejor de las acepciones del término, al verlo soportar con estoicismo, el lunes 20, que ante él, y sin la menor cortesía, Andrés Manuel López Obrador reiterara, ahora como presidente electo, la muerte de lo que el mandatario considera el más noble de sus legados, la Reforma Educativa.

Me dicen que, conforme a la opinión de Los Pinos, Andrés Manuel se portó bien en esa conferencia de prensa; discrepo, excepto en el reconocimiento a su talante democrático, es decir, que pudiendo usar todo el aparato del Estado para evitar su triunfo no cayó en la tentación de interferir con la decisión de 30 millones de mexicanos.

LA MAESTRA Y EL PAREDÓN

No fue el único trago amargo de Peña Nieto ese lunes; horas antes, la profesora Elba Esther Gordillo se mostraba, con justa razón, ante el país y los agremiados al SNTE y a la CNTE como una especie de Juana de Arco: Estoy libre y la Reforma Educativa se derrumbó, afirmó en sus primeras palabras, en un monólogo desafiante con el que, como en otros tiempos, dio el banderazo al inicio del ciclo escolar.

Por mera deformación profesional asocié la coincidencia de los eventos. Alguna relación debía tener la reunión de los presidentes constitucional y electo, con sus respectivos equipos, para dar inicio a la transición administrativa y política, y la reaparición pública de Elba Esther, tan lozana y guerrera como cuando, de la mano de Carlos Salinas, Manuel Camacho y Marcelo Ebrard, echó del SNTE a Carlos Jonguitud, que, de la peor de las maneras, le había coartado su derecho a dirigir, formalmente, al sindicato magisterial.

Al día siguiente creí que mi suspicacia tenía soporte.

Al presentar al círculo más íntimo de su gobierno, Andrés Manuel se permitió felicitar a su fuente, los reporteros que cubrieron su exitosa campaña electoral, por su comportamiento en la conferencia conjunta del lunes: “Se portaron muy bien ayer… como muy buenos periodistas; no, de veras; no les estoy… haciendo la barba… se portaron muy bien porque eran 2 grupos de… informadores, 2 fuentes y… la verdad, la verdad… no para picar la cresta a nadie, no quiero generar celos ni sentimientos, pero estuvieron muy bien ustedes… se portaron muy bien”.

Me pregunté ¿pero qué necesidad? ¿Quién aconsejó al Presidente Peña Nieto la conferencia de prensa conjunta o quién no le aconsejó abstenerse de presentarse sin defensa ante el pelotón de fusilamiento leal a Morena y a su líder?

Muy republicano y acertado el encuentro con su sucesor y con los equipos saliente y entrante, pero ¿por qué la sesión de preguntas y respuestas si, según yo, estaba claro que todo lo que dijera o no contestara sería usado en su contra y que era de elemental cálculo que, más allá de cortesías y buenas maneras, se trataba de ofrecer al país el lamentable espectáculo de que el mandatario constitucional y el electo se enredaran en un debate público sobre temas sensibles, en los que sus pensamientos son diametralmente opuestos, como la Reforma Educativa, la construcción o cancelación del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, por ejemplo?

Con el agregado de la declaración de guerra de la profesora Gordillo.

Pero me equivoqué; no hubo asesoría en la decisión del Presidente de realizar una conferencia de prensa conjunta. Hasta donde me es posible saber, fue decisión suya enfrentar a la prensa al lado de su sucesor.

Tampoco fue la fuente del presidente electo la que, obedeciendo consigna alguna, se comportó como pelotón de fusilamiento, sino la de la Presidencia, que, buscando la nota, intentó que los mandatarios entrante y el saliente entraran en confrontación. Y qué mejor tema que la Reforma Educativa, cuya acta de defunción firmó, por anticipado, Andrés Manuel ante su creador.

No hubo confrontación sólo porque López Obrador ha logrado mantenerse dentro de la estrategia de ofrecer una imagen de cordialidad con Peña Nieto y éste no cayó en la trampa de estigmatizar en público, desde ahora, lo que será tarea de la próxima administración. Él hizo lo que creyó que debía hacer y Andrés Manuel hará lo que crea conveniente. Él carga con las consecuencias de lo suyo y su sucesor lo hará con las propias cuando el ejercicio del poder lo desgaste.

Y DE SUS COLABORADORES, NI HABLAR

En el periplo periodístico para crear un buen clima a su último informe, al Presidente le faltó hablar sobre sus colaboradores. Creo que en su gobierno hubo exceso de mexiquenses y de foráneos que realizaron trabajos de partido en la entidad. Está claro que no veían más allá de Toluca.

A la mitad de su gobierno, en una entrevista para IMPACTO, le pregunté qué pensaba de sus colaboradores. Me dijo estar orgulloso. Creo que hoy, su respuesta podría ser un tanto diferente, aunque es bien conocida proverbial su generosidad con quienes lo rodean, se porten como se porten.

Pero no es secreto que aún andan por ahí los que no sirven ni para cargar su portafolios, que abiertamente traicionaron su confianza, que menosprecian su intelecto, que no estuvieron a la altura de las circunstancias y que recibieron oportunidades de más después de fallar en una u otra tarea; los que sucumbieron a la grilla de los que estaban o están muy cerca, y, desde luego, quienes ni siquiera esperarán a que cante el gallo para renegar y salvar su cara.

Pero lo importante es el ejercicio, inédito, de Peña Nieto de abordar con valentía y su verdad los temas espinosos de su administración, insisto, incluso los personales, cuando aún faltan 100 días para entregar el poder y sobra tiempo para que lo enfrente todo aquel que quiera usar sus palabras para rebatirlo e incluso decirle que miente, en especial los priistas que hoy quieren sangre so pretexto de encontrar causas de la derrota histórica que les propinó Andrés Manuel; precisamente, a los mismos a quienes recuerda que en 2012, el PRI ya estaba “estigmatizado” y que, pese a ello, él ganó la Presidencia.