“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

Hace seis años…

Cuando se preparaba el golpe de timón que cambiaría el rostro del país… Pero en 2014, la situación para el PRI y el Gobierno dio un giro diametral. Y pronto vendrá el reparto de culpas…

Por Juan Bustillos

¿Cómo olvidar aquella larga plática con Enrique Peña Nieto, casi seis años atrás, a días de ser declarado presidente electo?

Todo le sonreía; el mundo estaba a sus pies; nada había que se sustrajera a la magia del nuevo poder encarnado en él y se preparaba a dar el ambicioso golpe de timón que cambiaría el rostro del país, el Pacto por México, cuya construcción ya había iniciado.

Ya tenía una visión completa de lo que sería su gobierno; sólo el tema de la seguridad lo inquietaba. Era imposible pensar, entonces, en los imprevistos que marcarían su gobierno, como la caída de los precios internacionales del petróleo, la “casa blanca”, la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, y mucho menos el surgimiento del tsunami llamado Morena.

Recuerdo que su teléfono celular no dejaba de sonar y que él persistía en no contestarlo; se concretaba a identificar a quienes insistían en tener su atención. Finalmente, con un gesto de fastidio, y un seco comentario, lo alejó: “Bandearon”.

No dijo más. Con el verbo se refería a editores que en campaña llegaron a dudar que ganaría a Andrés Manuel López Obrador y Josefina Vázquez Mota, y se condujeron, a la manera tradicional, de forma ambigua.

Es probable que después olvidara los bandazos o que las necesidades de la acción de gobernar, y la importancia de los instrumentos de quienes en campaña se dejaron llevar por los vientos para asegurar su negocio, lo obligaran a tolerarlos con generosidad durante su administración, a pesar de haber sufrido su veleidad.

Hoy, no obstante haber sido un gran cliente, los sufre. Nada nuevo, igual que sus antecesores, cuando inicia el final del mandato. La ex Presidencia suele ser muy cruel y un gran negocio periodístico, como ocurrió a José López Portillo y a Carlos Salinas.

En aquellas fechas, Felipe Calderón estaba en plena despedida de su mandato; recorría el país e incluso en algunos lugares se daba gusto cantando “El perro negro”, aquel de don Julián. Se comportó como demócrata. Su partido perdió el poder y el día de las elecciones marcó un número telefónico y felicitó a quien desalojaba al PAN de Los Pinos.

Cuando me encontré con el presidente electo estaba a 2 meses y una semana de iniciar una nueva era del PRI en el poder y todo era entusiasmo y optimismo, excepto por el problema de la inseguridad, al que sus asesores no encontraban, como no llegarían a encontrarle, solución.

Contra todo pronóstico, desde una gubernatura disminuida por la pérdida de las presidencias municipales más importantes, la bancada priista mexiquense mermada en la Cámara de Diputados y sin senadores de mayoría, había logrado lo impensable: Conquistar la candidatura presidencial y arrancar la Presidencia de las manos del PAN.

Lejos estábamos de imaginar que, seis años después, la situación cambiaría de manera diametral, y que el partido al que logró conducir a la victoria entregaría nuevamente el poder; en el 2000 ya lo había hecho ante Vicente Fox, pero en esta ocasión perdió de manera catastrófica, casi sin meter las manos y, peor aún, sin candidato propio.

La situación actual del PRI no puede ser de mayor gravedad: Una de las fuerzas políticas más débiles, casi sin gobernadores, con la certeza de que perderá las entidades que aún conserva, transmutado en oposición testimonial en el Congreso y en camino a la extinción.

A punto de cumplir 90 años, su circunstancia no podría ser más grave. El presidente la resumió al sugerir que, para sobrevivir, cambie de esencia, de manera de caminar y de nombre, con todo y apellidos.

Ya en su campaña en 2012, Peña Nieto había advertido los síntomas del mal que casi acaba con el partido en 2018, pero su candidatura fue un garbanzo de a libra. Su popularidad personal tuvo la virtud de cubrir la enfermedad casi terminal que carcomía las entrañas tricolores; incluso, le costó unos 15 puntos de la ventaja con que arrancó la contienda sobre López Obrador.

En esta ocasión, conforme a su percepción, el fenómeno mundial antisistémico, es decir, el hartazgo generalizado contra lo establecido y, en especial, los partidos tradicionales, ayudó a la debacle priista, aunque también reconoce que no fue la causa principal.

En las últimas semanas, y con la intención de dar marco a su último informe de labores, Peña Nieto protagonizó un maratón de entrevistas periodísticas y difundió videos con mensajes cortos. Le preguntaron de todo, y a nada rehuyó; inclusive, reconoció el error de haber dejado que su esposa enfrentara sola el escándalo sobre la llamada “casa blanca”; más aún, insistió en la verdad jurídica de la PGR sobre la desaparición de los normalistas.

Habló de tanto en entrevistas y en mensajes pregrabados que es posible que este lunes no haya noticia en el mensaje que leerá en Palacio Nacional, pero la habrá, siempre hay, y si no, un buen periodista siempre la podrá encontrar, o provocar.

En su maratónico recorrido por los medios, el presidente abusó de su generosidad para con sus colaboradores.

Asumió como propios los errores e insuficiencias de su gobierno cuando todos sabemos que más allá de que como jefe es responsable de lo hecho y no hecho, hay quienes, con nombres y apellidos, son señalados, cotidianamente, como autores y coautores de la destrucción de un proyecto que prometía para más de 6 años o que no merecía concluir como está ocurriendo.

En todo caso, su única responsabilidad, el error original, es la elección de sus colaboradores más conspicuos.

En una de las entrevistas explicó que llegó a pensar que gobernar al país podría ser como gobernar al Estado de México. “Que simplemente era un tema de escala y dimensión. Gobernar un estado, gobernar todo un país. Y sí, es muy diferente. No se parece, o se parece muy poco”.

Supongo que en ese tenor seleccionó a su equipo, que se distinguió por la aplastante cantidad de mexiquenses y de unos pocos “foráneos” que colaboraron como empleados en su gobierno estatal, como Luis Videgaray y Humberto Castillejos, o hicieron labor de partido en el Estado de México, como Jesús Murillo Karam y Miguel Ángel Osorio Chong, por ejemplo.

Pero más allá de la generosidad de Peña Nieto al asumir las responsabilidades como sólo suyas, pronto vendrá el reparto de culpas. El cobro de facturas es consustancial a la política. En realidad, ya ha empezado soterradamente y si aún no se manifiesta con descaro es sólo por temor. Cualquiera que se dedique a esto sabe que el presidente no pierde el poder sobre los suyos hasta que se despoja de la banda tricolor, y no hay político que trague fuego.

Sabe Peña Nieto que muy pronto, a la vuelta del último día de noviembre, será el nuevo villano favorito, en especial de priistas que lo culparán de todo, de mantenerlos alejados durante el sexenio y hasta de una supuesta conspiración para entregar el poder basados en la insidia sembrada por el panista Ricardo Anaya sobre un supuesto pacto de impunidad y, claro, por la tersura con que está ocurriendo la transición con Andrés Manuel López Obrador.

También sabe que la mayoría de sus colaboradores eludirá, con poca gracia, sus culpas; se justificará diciendo que el jefe no entendía los problemas, que no le gustaba que le dijeran las cosas, que delegaba sus facultades en sus favoritos, que prefería gozar el poder a ejercerlo, etcétera.

Nada que sus antecesores no hayan sufrido, y nada que los libros de historia no consignen.

Es parte de la naturaleza humana arrojar sobre el jefe las culpas.

Insisto, no hay novedad en el frente; en septiembre de 2012, cuando recién había sido declarado presidente electo, ya sabía que todo esto podría ocurrir.

Lo que nadie podía saber entonces era que el sexenio empezaría a descomponerse muy temprano, la noche del 26 de septiembre de 2014 en Iguala, y la madrugada del 27 en Cocula, Guerrero, y que, inopinadamente, alguien decidiría convertir en federal un problema municipal y, en todo caso, del gobernador Ángel Aguirre.

Tampoco hubo previsión para contener las tempraneras ambiciones de poder de los círculos concéntricos (el económico, el político y el jurídico) que se adueñaron de su agenda e influyeron en sus decisiones, y usaron su nombre en beneficio propio.

Casi se cumplen 6 años de aquel encuentro en su oficina de presidente electo en el que me aseguró que cambiaría al país. Lo consiguió.

En los 2 primeros años de su administración logró unir, ante el beneplácito mundial, a las 3 fuerzas políticas que disputaban el poder para firmar el Pacto por México. Logró la aprobación de 14 reformas estructurales que, aun cuando en el siguiente sexenio sufran alguna modificación cosmética para cumplir con el discurso de la campaña pasada, sentaron las bases de un nuevo país.

En 2014 pasó todo. Ya entonces, en un evento en Palacio Nacional, hablaba de los intereses que sus reformas habían lastimado y, sin mencionar nombres, se refirió a quienes teniéndolo todo se sentían agredidos porque su política consistía en ayudar a quienes carecen de todo.

En septiembre de aquel año aciago, según sus propias palabras “México sufrió uno de los ataques más cobardes y crueles del crimen organizado”, los “actos inhumanos y de barbarie” ocurridos en Iguala y Cocula, Guerrero”.

Noviembre no sería mejor. En su mensaje a la nación, con motivo del informe anual, habló de “señalamientos de conflictos de interés —que, incluso, involucraron al Titular del Ejecutivo—, así como denuncias de corrupción en los órdenes municipal, estatal y federal —y, en algunos casos, en el ámbito privado—, (que) han generado molestia e indignación en la sociedad mexicana… Estas situaciones son muy distintas entre sí, pero todas lastiman el ánimo de los mexicanos y la confianza ciudadana en las instituciones”.

En su caso se refería al escándalo periodístico de la “casa blanca”, estallado cuando el presidente volaba a China.

Pero antes, en 2013, la secretaria de Desarrollo Social, Rosario Robles, y el rostro de la corrupción, el gobernador veracruzano, Javier Duarte, fueron figuras centrales del escándalo de uso de programas sociales en procesos electorales. Ahí inició el rompimiento del PAN y del PRD con el PRI. Gustavo Madero y Jesús Zambrano se agandallaron y condicionaron apoyo a cambio de un adéndum en la Reforma Política que lo costó sangre al priismo.

La luna de miel conseguida con la construcción del Pacto por México, y la aprobación de las reformas estructurales, incluidas las leyes secundarias, había concluido.

Después vendrían las desastrosas elecciones de junio de 2016, en las que se reflejó el enojo popular por la corrupción escandalosa de algunos gobernadores y la lucha palaciega entre los miembros más conspicuos del gabinete presidencial que buscaban la candidatura presidencial en 2018. El PRI perdió en 7 de las 9 gubernaturas en disputa.

Una semana antes del primer día de junio de 2016, el ex presidente Carlos Salinas me preguntó si nadie veía el tsunami que amenazaba con barrerlo todo. Se refería a López Obrador y Morena.

Si alguien se percató lo menospreció.

El 10 de julio de 2014, mientras el gobierno celebraba la consolidación de las reformas legislativas del Pacto por México, es decir, 2 meses antes de los hechos sangrientos de Ayotzinapa y 3 antes del escándalo sobre la “casa blanca”, Morena recibía, del INE, el registro como partido político y se disponía a aprovechar el clima antisistémico mundial con un discurso plano, usando la corrupción y la inseguridad como temas centrales.

Mañana, Peña Nieto leerá el mensaje político de su último informe en Palacio Nacional; con seguridad resumirá lo dicho en las entrevistas y mensajes de video de las últimas semanas, y después, al menos que surja un imprevisto, nuevamente dejará la escena a quien lo sucederá.

Ese periodo de silencio y, luego, el previsible autoexilio en tierras mexiquenses, o en donde escoja residir por un tiempo, darán pie a una tormenta de recriminaciones y señalamientos que no debe ahogarlo porque las más serán interesadas o planeadas para construir el prestigio de otros que aprovecharán la ocasión para mostrarse lo que nunca han sido, valientes y demócratas.

En lo personal creo que, en efecto, aquel presidente electo que me dijo que su misión era cambiar al país lo consiguió y que, como lo sabía entonces, la población no tardará en recibir los beneficios, como ya ocurre con la Reforma en Telecomunicaciones.

Las fallas también están ahí y él ya se encargó de enumerarlas de cara a la nación.