“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

La prisa de AMLO

A causa de la hiperactividad del Presidente Electo, muchos temas que han ocupado los espacios políticos y mediáticos en las últimas semanas empiezan a pesar en su imagen y a causarle un desgaste personal

Por Juan Bustillos

Se entiende que después de 18 años de buscar la Presidencia, y con la frustración de 2 intentos fallidos (uno por décimas, 0.62 por ciento), Andrés Manuel López Obrador tenga prisa por instaurar lo que llama la Cuarta Transformación de la República.

Es evidente que disfruta ser presidente, aunque por ahora sea solamente “electo”, lo que no deja de ser un eufemismo, pues por momentos parece ya gobernar. Es tal su entusiasmo que de pronto ofrece la impresión de estar, de nueva cuenta, en campaña. No disminuye el ritmo, sino que, al contrario, lo intensifica, por más que ciertos indicadores sean en el sentido de que su imagen empieza a resentir el desgaste. Y, más aún, cuando todavía su gestión no arranca oficialmente y faltan casi tres meses para hacerlo.

La hiperactividad del presidente electo y de algunos de sus colaboradores es aprovechada por los aduladores de profesión para celebrar su apoderamiento de la agenda mediática y política, lo cual es apenas de rutina en tiempos de transición entre una y otra administración, más ahora por la contundencia de su triunfo en las urnas y porque desplaza a una fuerza política que apenas 6 años atrás hizo lo mismo con otra.

EL INFIERNO PRESIDENCIAL

Supongo que sin la intención de hacer ilusión a él, sino a su propia circunstancia, pues no es la primera ocasión que lo dice, el Presidente Peña Nieto señaló, el jueves pasado, que “nadie ha dicho nunca; nadie dijo que ser Presidente fuera una tarea fácil”.

Tiene razón; ya en una ocasión, a finales de enero de 2009, en Davos, Ernesto Zedillo preguntó a Felipe Calderón ¿qué se siente lidiar con la oposición? El entonces presidente de México contestó a su antecesor sentirse “bastante bien”, pero acotó que en ese momento lo comprendía a él mejor que antes, pues gobernar es “como estar en el infierno”.

La sinceridad de Felipe dio pie a un memorable y ácido comentario de Ricardo Monreal en Milenio, preguntándose si “¿… eran las confidencias de una Presidencia infernal?”

Hoy, López Obrador puede parodiar a quien será su antecesor y decir que la Presidencia electa tampoco es una tarea fácil.

Pronto, la Presidencia en funciones podría ser un infierno, como lo fue para Calderón y sus antecesores, y como, por momentos, lo ha sido para Peña Nieto.

La prisa de Andrés Manuel permite suponer que mucho de lo dicho y prometido en campaña nació de su ingenio o del de sus asesores.

A partir de ejes básicos, como la corrupción escandalosa de ciertos personajes en el poder y la inseguridad, que ha alcanzado índices alarmantes, elaboraron un largo catálogo de promesas, algunas de difícil cumplimiento, y muchas propuestas que empiezan a toparse con la realidad, que impactaron a los electores, a grado de llevarlos, a las urnas, a sufragar en su favor en volumen sin antecedente.

LA VOZ DE DIOS

Sin intención de ser exhaustivo, la promesa concreta sobre el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México se está convirtiendo en un problema. Empresarios y técnicos opinan en un sentido, pero como la propuesta de campaña fue en otro se decidió acudir a la consulta popular bajo la premisa de que el pueblo es sabio y no se equivoca, lo cual sería cierto en el sentido de la alocución de que es la voz de dios, lo cual es debatible.

La realidad es que la consulta popular está reglamentada y sólo la puede realizar el Instituto Nacional Electoral, vinculada a una elección federal; la próxima es en el 2021.

Otro tipo de consulta, cual sea el apelativo que le pongan, toparía con las instituciones.

Si para cuestiones fundamentales se va a acudir a la sabiduría popular, la Cámara de Diputados, que, en la teoría constitucional y republicana, es la representación del pueblo, no tendría razón de existir.

Metidos en el programa de austeridad, el país se ahorraría toneladas de dinero consultando, cuando fuese necesario, a la sabiduría del pueblo en lugar de organizar elecciones para 500 diputados y, además, mantenerlos durante tres años.

LA SUPERSECRETARÍA

La propuesta, razonable, por cierto, de separar a Seguridad Pública de Gobernación se ha convertido en un galimatías en el que, con cierta frecuencia, Alfonso Durazo tiene que acomodarse a las nuevas ideas de su jefe.

Como ha sido planteada la separación de las 2 dependencias, el efecto consecuente será que Seguridad Pública se convertirá en supersecretaría y Gobernación en un organismo sin mayor impacto que bien podría ser apéndice de otra, de la propia SP, por ejemplo, o de alguna de las áreas de la Presidencia.

La falta de cuerpo y peso de la nueva Gobernación ha tenido como consecuencia los espectáculos en el Congreso de la Unión.

Con un mando político específico que estuviera atento a las necesidades cotidianas, López Obrador se habría ahorrado la necesidad de sugerir a los diputados de Morena comportarse como partido en el poder, y no como oposición. No fue “regaño”, aclaró Porfirio Muñoz Ledo.

Asimismo, no existiría la sospecha de que la doble votación en el Senado para satisfacer los caprichos de Manuel Velasco nada tuvo que ver con la cesión de diputados del Partido Verde a fin de que Morena sea mayoría en la Cámara Baja, aun sin los legisladores del PT.

Esteban Moctezuma ha tenido la precaución de mantener bajo perfil en el caso de la Reforma Educativa; en los debates entre presidenciales, el tema se daba por zanjado, es decir, desaparecería del mapa, pero, al parecer, la legislación sólo será adecuada.

Si el presidente electo se percata, le está ocurriendo un poco como al Presidente Peña Nieto; con excepción de algunos de sus colaboradores, el resto ha escurrido el bulto previniendo que el desgaste del hiperactivismo impreso a la transición los pudiera alcanzar.

El asunto de los superdelegados en las entidades federativas, creados bajo la convicción de que los fondos federales son botín de los gobernadores, es, concediendo que sea de buena fe, una innovación que ha servido de maravilla a quienes suponen la existencia, en el fondo, de una estrategia electoral para que Morena se adueñe de las gubernaturas en próximas elecciones.

Estos y muchos otros temas que han ocupado los espacios políticos y mediáticos en las últimas semanas empiezan a pesar en la imagen del presidente electo, quien, al final, es el único personaje importante del nuevo grupo gobernante, por más que algunos de quienes lo acompañan, como Muñoz Ledo, Monreal, Durazo, Marcelo Ebrard, Manuel Bartlett, Olga Sánchez Cordero y Esteban Moctezuma, pesan por sí mismos.

¿QUIÉN SE ATREVE A DECIR NO?

López Obrador no debe desgastarse y permitir a Durazo concluir los foros sobre seguridad para que, al final, sea quien ofrezca la propuesta elaborada por Manuel Mondragón o Alejandro Gertz Manero, y que toque al Congreso, dominado por Morena, hacerse bolas con la iniciativa de ley que contendrá o no elementos sensibles como la Guardia Nacional o la mutación de las Fuerzas Armadas en corporaciones policíacas.

Es apenas natural que el presidente ejerza mando sobre sus huestes legislativas, pero las sugerencias o regaños se deben realizar en privado porque de lo contrario queda en polvo su compromiso de mantener y fortalecer la independencia de los poderes de la República.

La invitación a los diputados a dejar de ser peleoneros, como si fueran oposición, y comportarse como partido en el poder; la confesión del presidente de la mesa directiva de la Cámara Baja de que no fueron regañados y la doble votación en el Senado para satisfacer el “derecho” de Velasco a entrar y salir del Senado a su antojo, lastiman la separación de poderes y ponen en duda al discurso.

Incluso, no hay necesidad de que el presidente electo tenga que salir a decir que aún no tiene decisión personal en cuanto al aeropuerto cuando su posición es bien conocida desde la campaña. Javier Jiménez Espriú se ha encargado de enredar el debate sobre el tema, y lo hará aún más si no lo meten en cintura.

Todo esto se pudo evitar si abajo del presidente electo hubiese quien coordinara las acciones políticas.

Está claro que Andrés Manuel puede ser omnipresente, pero no omnipotente; no puede hacer todo ni concentrar toda la atención en su persona, de lo contrario, los raspones serán para él y no para quienes están obligados a bajar sus instrucciones y a ser su escudo.

Una de las grandes fallas en el gobierno que termina fue que todo llegaba y llega al Presidente Peña Nieto; nunca hubo quien estuviera atento a los acontecimientos (como el de Ayotzinapa), quien le sirviera de escudo y se atreviera a decirle no cuando lo creyera necesario, o que lo aconsejara cómo enfrentar casos como el de la “casa blanca”.

Por eso no es fácil ser presidente en funciones o electo, o por eso estar en la oposición puede ser como vivir en el paraíso.

Hoy, Andrés Manuel ya no es oposición; ya no está en campaña… por lo menos por ahora, pero bien podría ahorrarse el desgaste personal si entre los suyos hubiese quien se atreviera a aconsejarle y, en ocasiones, decirle no.