“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

Videgaray, con “autonomía” sobre el Consejo de Pemex

Como Secretario de Hacienda, y aun después, se manejaba haciendo sentir a sus iguales que estaba al mando de todo, una de las premisas por las que Coello Trejo pide su comparecencia en el caso Lozoya

Por Juan Bustillos

Luis Videgaray, ex Secretario de Hacienda y de Relaciones Exteriores, mantenía el control en las decisiones del Consejo de Administración de Pemex.

En dos ocasiones he escuchado al Presidente López Obrador afirmar, en sus conferencias de prensa mañaneras, que otorgó autonomía a su secretario de Hacienda en la negociación de los bonos del NAIM porque Carlos Urzúa sabe lo que hace.
No dudo de las capacidades del alto funcionario de la Federación, pero sí de la concepción presidencial sobre autonomía. Quiero entender que en realidad se trata de que en caso de que las cosas le salgan mal a Urzúa, el Presidente siempre podrá deslindarse argumentando que se condujo autónomo.
Por más que domine su materia, el secretario de Hacienda sólo es un empleado, de lujo, pero empleado al fin, del Presidente, y por esta condición no puede ser autónomo, es decir, decidir por sí mismo lo que ha de hacer. Las decisiones trascendentes para la economía nacional, necesariamente, debe consultarlas; imposible que las tome sin autorización.
López Obrador puede tener inmensa confianza a Urzúa y, por eso, darle poder de decisión, pero eso no es autonomía. Al final, las acciones del secretario de Hacienda, como las de cualquier otro miembro del gabinete, serán atribuidas, para bien o para mal, a su jefe, el Presidente.
La autonomía de los empleados presidenciales no sólo existió en la época neoliberal, sino también en la populista, cuyo mayor exponente ha sido, hasta hoy, Luis Echeverría. Llegó a proclamar que la economía se manejaba desde Los Pinos, es decir, desde la residencia presidencial, y, acto seguido, despidió al secretario de Hacienda, Hugo B. Margáin.
En esta premisa basa Javier Coello Trejo su decisión de llamar a declarar a los colaboradores presidenciales que fueron miembros del Consejo de Administración de Pemex en los casos por los que el Fiscal General de la República, Alejandro Gertz Manero, investiga al ex Director General, Emilio Lozoya, muy en especial a Luis Videgaray, que fue secretario de Hacienda.

NADA SE MUEVE SIN ORDEN PRESIDENCIAL
De lo que el abogado de Lozoya ha declarado a los medios sobre las imputaciones a su cliente, lo que más ha llamado la atención es su decisión de citar a comparecer como testigos, en los casos que investiga la FGR, al ex Presidente Peña Nieto y a quien fue su secretario de Hacienda, Luis Videgaray, por lo menos.
Es apenas natural que la mención al ex mandatario se convierta en noticia de ocho columnas por mil razones que resultaría ocioso enumerar, la más importante el morbo de verlo ante un juez.
Priísta de vieja cepa, Coello Trejo se basa en el supuesto, válido en la Cuarta Transformación, como en la etapa populista y, desde luego, en la neoliberal, de que las hojas del árbol del gobierno no se mueven sin permiso o sin orden del Presidente, como se llame o milite en el partido que sea, incluido Morena.
Él mismo, como agente del Ministerio Público Federal, cuando fue conocido como “El Fiscal de Hierro” porque a las órdenes del procurador Óscar Flores Sánchez investigó y persiguió a miembros del gabinete, como Félix Barra y Eugenio Méndez Docurro, pero también del gabinete ampliado, como Fausto Cantú Peña, y, después, cuando combatió al crimen organizado como Subprocurador General de la República, conoció a la perfección la que fue regla fundamental del sistema priísta: Nada se mueve sin autorización del Presidente, pero sabe también que en las cortes presidenciales hay de colaboradores a colaboradores; desde luego, quienes son incapaces de contradecir al Presidente y no se atreven a decirle su verdad, como está ocurriendo, con frecuencia alarmante, en estos tiempos, pero también los que aprovechan la confianza de su jefe porque éste reconoce su formación y gran inteligencia, y porque los supone leales a su persona y a su causa, y por eso le otorgan la “autonomía” de que habla López Obrador.
Este es el caso de Videgaray, si alguien tuvo autonomía o se manejaba haciendo sentir, a sus iguales y a los no tanto, que estaba al mando de todo.
En lo que corresponde al caso Lozoya, la hipótesis de su abogado es compartida por muchos de quienes fueron compañeros del secretario de Hacienda en el sexenio pasado y, desde luego, por los observadores y analistas.
Para algunos, la mayor demostración pública de su influencia sobre Peña Nieto quizás haya sido haberlo convencido, en su condición de secretario de Relaciones Exteriores, de invitar a Donald Trump a Los Pinos. Esto habría significado alcanzar la estatura de hombre de Estado que no tenía al entonces alicaído candidato republicano a la Presidencia de Estados Unidos.
Fue, sin duda, la eminencia gris del sexenio anterior; quizás el único contrapeso que tuvo fue el del secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, que, sin embargo, siendo influyente no llegó a tener el peso de su colega de Hacienda. Por ello vivieron, desde la campaña electoral de 2012, en perpetuo enfrentamiento.
No es secreto de Estado que la mayoría de los miembros del gabinete y los gobernadores acordaban con él, con el pretexto de aligerar el trabajo a su jefe o porque creía que sólo él sabía cómo hacer las cosas. Llegó a ser conocido como “Vicegaray”.
Lo fue tanto que, inclusive, tuvo la osadía de adelantar, ante embajadores, el destape de José Antonio Meade como candidato presidencial del PRI, seguramente con la intención de que su colega y amigo desde la juventud se sintiera su deudor.