“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

Urzúa abandona el barco cuando cree que hace agua

Valentía retórica de su carta de renuncia a la SHCP nada tiene que ver con su desempeño cotidiano

Por Juan Bustillos

Poco a poco se irá derruyendo la leyenda que Carlos Urzúa se construyó con su renuncia a la Secretaría de Hacienda de la Cuarta Transformación, calificada aquí como valiente por el inusual lenguaje con que se dirigió al Presidente.
Cuando comunicó a Andrés Manuel López Obrador que abandonaría el barco una semana después, para no crear turbulencias financieras, un par de meses antes ya había comunicado a sus subsecretarios, entre ellos a Carlos Herrera, que duraría en el puesto un año o dos, a lo sumo.
No sería la primera ocasión que abandonaría en el camino a López Obrador; lo hizo en la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México y su lugar lo ocupó Gustavo Ponce, al que Carlos Ahumada grabó en Las Vegas jugando a las cartas lo que no era suyo. El ciclo lo cerró, como ahora, el entonces jovencísimo Armando Herrera, que dejó en caja 2 mil millones de pesos para que Marcelo Ebrard iniciara su gobierno sin problemas.
Urzúa, ahora se sabe, de despedida se fabricó un personaje heroico, pero la verdad es que en Hacienda, la aprensión era lo suyo; lo aterrorizaba reunirse con los capitostes mundiales de las finanzas y sufría el ejercicio del puesto cuando tenía que tratar con extranjeros, pero su mayor terror era pasar unos minutos con el Presidente y enfrentar lo que llamó, en su carta de dimisión, “políticas públicas sin sustento”.
A Urzúa le gustaba jugar con sus discípulos. Lo siguió haciendo, hasta el final, con el subsecretario Herrera, el director de Finanzas de Pemex, Alberto Vázquez García, y la Oficial Mayor de Hacienda, Raquel Buenrostro.
Le encantaba mantenerlos enfrentados perpetuamente y ahora está por verse si Buenrostro se subordina al nuevo secretario de Hacienda y Vázquez García entiende que no hay de otra, que Herrera es el jefe. Ya no hay más Urzúa.
Como sea, la carta con que se despidió de López Obrador será lo más recordado de su paso por la Secretaría de Hacienda, menos breve que el de Jaime Serra, quien duró solamente 20 días al frente de las finanzas nacionales.
Lo es cierto es que la valentía retórica de su carta nada tiene que ver con su desempeño cotidiano. Se comportó como en el Gobierno del Distrito Federal; calculaba durar tres años como en aquella época, pero el peso de la responsabilidad no le dio para más.
Lástima porque soy de los que nos fuimos con la finta de que su carta de dimisión marcaría a la Cuarta Transformación cuando lo que más le ocupaba era encontrar oficinas alternas para Hacienda, dado que el Presidente decidió mudarse a Palacio.
Herrera tiene todo el apoyo y reconocimiento por su valor de saber decir no y exponer, sin temor, el por qué de su resistencia.
Habrá que verlo en acción para saber si Buenrostro y Vázquez quieren seguir jugando con él a las vencidas.