“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

Agustín Basave, de sepulcro en sepulcro

Obseso de la conspiración, sin el empujón del patriarca de la familia Salinas sería uno más en la nomenklatura de la intelectualidad nacional

Agustín Basave

Los filosos entrevistadores de la radio deben tener piedad de Agustín Basave y cerrarle los  micrófonos por unos días; cada vez que abre la boca se hunde más.

Peor aún, va a terminar de sepultar al PRD.

Si mantiene el ritmo con que empezó a hablar desde la filtración de su amenaza a renunciar a la presidencia perredista si no lo dejan entablar  alianzas electorales con el PAN para sacar al PRI de donde sea, como en Veracruz y Tlaxcala, y no   dejarlo regresar a Puebla, por ejemplo, se enterrará a sí mismo o, por lo menos, le dará un infarto.

Basave es un obseso de la conspiración. A la muerte de Luis Donaldo Colosio llegó a ser conocido como “el vocero del sepulcro”. Nadie como él para exigir justicia al gobierno de Ernesto Zedillo; toda su verborrea de entonces era dirigida, sesgadamente, hacia algún miembro de la familia Salinas.

Había olvidado que, casualmente, fue de la mano de don Raúl Salinas Lozano que llegó al establo de “Pelo Chino”; sin el empujón del patriarca de la familia Salinas sería uno más en la nomenklatura de la intelectualidad nacional. El resto, la innegable cercanía con Luis Donaldo, lo ganó con su capacidad para arrastrar el lápiz.

La ejecución en Lomas Taurinas lo dejó en la orfandad; a partir de ese momento asedió a Zedillo exigiendo justicia hasta que el Presidente decidió callarlo con la Fundación Luis Donaldo Colosio. La estrategia funcionó pues, en automático, Basave perdió el brío, aunque, como Galileo, de vez en vez insistía, por lo bajo, con aquello de que “sin embargo se mueve”.

Es curioso que ya en el sexenio de Vicente Fox no recuperara el brío y la exigencia de justicia saliera de su agenda.

Hoy, en el PRD  se siente víctima de la conspiración de nueva cuenta. Fueron a su casa a rogarle salvar al PRD y el mesianismo y la vanidad no lo dejaron ver la realidad del partido; aceptó, puso condiciones y se puso a trabajar. Pero ahora, según su versión, una “minoría” pretende arrebatarle la facultad, otorgada por la mayoría, de entablar alianzas.

El espectáculo es lamentable. Su obsesión por las alianzas electorales con el PAN revela, uno, su convencimiento de que, por la libre, el PRD camina, corre, a la extinción y, dos, deja al descubierto su sed de venganza contra el PRI porque el asesinato de Luis Donaldo significó, también, la muerte de sus posibilidades de dirigir al país, como suponía que algún día lo haría si la dinastía naciente se mantenía.

Lo cierto es que aquel vocero del sepulcro está, hoy, en advocación de enterrador del PRD.