“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

Los milagros de Don Sergio Obeso

Es apenas natural que en el Tepeyac todo tenga que ver con milagros

Por Juan Bustillos

Murió don Sergio Obeso Rivera.

Cómo olvidar aquel mediodía del 27 de enero de 1979 cuando por puro milagro pude presenciar el encuentro privado entre Juan Pablo II y los curas, religiosas y religiosos de México, en la Basílica de Guadalupe.

Es apenas natural que en el Tepeyac todo tenga que ver con milagros.

El primero fue que en el atrio encontrara al hombre de mayor confianza de don Fernando Gutiérrez Barrios y me cambiara el gafete que solo me autorizaba a reportear “color” fuera del sagrado recinto para poder ingresar a la nueva Basílica en donde el Pontífice formalmente inauguró la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano.

“Te ofrecemos todo este Pueblo de Dios. Te ofrecemos la Iglesia de México y de todo el Continente. Te la ofrecemos como propiedad Tuya. Tú que has entrado tan adentro en los corazones de los fieles a través de la señal de Tu presencia, que es Tu imagen en el Santuario de Guadalupe, vive como en Tu casa en estos corazones, también en el futuro. Sé uno de casa en nuestras familias, en nuestras parroquias, misiones, diócesis y en todos los pueblos”, dijo el Pontífice a los afortunados feligreses que alcanzaron lugar en la Basílica.

Al concluir la misa, el Estado Mayor Presidencial se encargó de que en el santuario permanecieran solo curas, religiosos y religiosas. Era el momento de salir al atrio, pero aquellos tiempos eran los de ganar la nota al precio que fuera, así que busqué a la representación de la Diócesis de Papantla. La encabezaba don Sergio Obeso Rivera, a quien había conocido en Teziutlán, sede del obispado. Con él estaba el inolvidable Luis Lizardi, el cura de Tecalitlán al que debo todo.

Agentes del Estado Mayor recorrían el sillerío para desalojar a quien nada tuviera que ver con la clerecía. No pedían identificaciones a quienes lucían cofias, sotanas y alzacuellos, pero exigían credencial a quienes vestían de “civil”.

¿Te quieres quedar?, me preguntó don Sergio que me conocía por el apostolado juvenil de Lizardi. No esperó respuesta, de algún lado sacó un alzacuello y me lo colocó. Sentado junto al obispo, el oficial del Estado Mayor Presidencial ni siquiera preguntó qué hacía ahí.

A cierta distancia vi a Miguel López Saucedo, de Excélsior. Nunca supe si colgó la sotana del todo, pero aquel gran reportero zacatecano sí llegó a ser ungido como sacerdote. Don Luis se quedó con las ganas de que siguiera sus pasos.

Miguel y yo teníamos la exclusiva, pero apenas llegamos a nuestras respectivas redacciones, la de El Universal la mía, nos encontramos  con que el discurso del Papa había sido boletinado. Aun así, pudimos reseñar aquel encuentro en que Juan Pablo recordó a sus curas que no eran pastores del poder terrenal.

Aquel fue el último milagro que don Sergio me hizo. Antes me había prestado la capilla del Seminario Diocesano San Pablo Apóstol, pero esa es otra historia.

Descanse en paz, uno de los grandes impulsores, como líder de los obispos mexicanos, de la modificación del orden constitucional en la relación Iglesia-Estado.