“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

Corta luna de miel con la Iglesia

Porcentaje mayor de mexicanos no se escandalizó, rasgó sus vestiduras o cubrió con ceniza la cabeza por la asistencia del Presidente a misa y por su decisión de tomar la comunión

Lo confieso: Pertenezco a una generación en extinción, a la que en la escuela primaria y secundaria  platicaban que la gran aportación de Benito Juárez a nuestra historia fue separar  Estado e Iglesia católica; estoy preparado para ver a un Papa de visita en Palacio Nacional por su condición de jefe de Estado, pero mi profesora de historia, doña Soledad Saldívar, no me dijo qué hacer o qué decir si el mandatario acudía a una misa celebrada por el Pontífice en la Basílica y, de paso, comulgaba.

En cambio, Doña Clemen, que me arrastraba en las madrugadas a mi misa, se habría emocionado hasta las lágrimas presenciando la escena por televisión, dado que difícilmente habría conseguido lugar en la Basílica; en estas ocasiones, los contados lugares están reservados, en exclusiva, para el quién es quién, así el oficiante sea representante de un humilde carpintero.

Como el porcentaje mayor de  mexicanos es como doña Clemen es que nadie se escandalizó, rasgó sus vestiduras o cubrió con ceniza la cabeza por la asistencia del Presidente a misa y por su decisión de tomar la comunión; no al menos hasta ayer.

Pero cuando éramos jacobinos  no llegaban aún los tiempos en que Marta Sahagún expulsaría al Benemérito del despacho presidencial de Los Pinos.

No ha pasado mucho tiempo (a mi edad, 30 siguen siendo no muchos años) y me parece verme  con don Javier García Paniagua en el atrio  de una Iglesia en Guadalajara, en espera de que su hijita concluyera su acción de gracias por cumplir 15 años.

Eran tiempos en que los políticos, algunos, debo decir, intentaban ser congruentes; el Estado permanecía como lo dejó Juárez, separado de la Iglesia, y así se comportaban.

No obstante, ya en febrero de 1974,  Luis Echeverría se había echado una vuelta por el Vaticano para saludar a Pablo VI; en México dejó murmurando no sé qué cosas a su suegro, el general José Guadalupe Zuno, que ganó galones combatiendo cristeros en la última guerra civil mexicana.

Poco después,  en 1979, José López Portillo, cuyos antepasados sirvieron a Maximiliano y a don Porfirio, recibió a Juan Pablo II en el aeropuerto, lo saludó y despidió con un “lo dejo con sus fieles y su jerarquía”, pero después abrió las puertas al Pontífice para que doña Cuquita, la mamá presidencial, escuchara misa.

Los acercamientos con la clerecía para  convertir en letra muerta lo que la Reforma impuso a sangre y fuego iniciaron, en lo oscurito, con el propio Lázaro Cárdenas después de la Cristiada, y de Plutarco Elías Calles; fueron descarados con Manuel Ávila Camacho. Mi pudibunda paisana Doña Chole llegó al extremo de poner calzones a la Diana Cazadora de Reforma.

Al final llegó Carlos Salinas y decidió reformar el 130 constitucional para, de una vez por todas, dar un giro histórico que nadie exigía, pero contra el que pocos protestamos.

La reforma era un hecho; aun así, todavía, el 12 de febrero de 1990 lo negaba el secretario de Gobernación, don Fernando Gutiérrez Barrios. Con el tiempo saldría del gobierno, según su sucesor, Patrocinio González Garrido, por oponerse a la segunda visita de Juan Pablo II. Mal andaba el viejo juarista porque el Pontífice todavía regresó a México en 3 ocasiones más. De hecho acuñó una frase: Me voy y no me voy”.

¿Quién se atrevía a recordar, entonces, que al establecer al Estado laico las leyes de Reforma en 1860, el Vaticano decidió romper relaciones con México y que el Constituyente de 1917 prohibió votar y ser votados a los ministros de culto?

En 1992, el Congreso reformó el 130, y aunque mantuvo la prohibición electoral a los ministros de culto, se restablecieron las relaciones diplomáticas.

El 25 de abril de 1993, las relaciones entre México y el Vaticano llegaron a su más alto nivel en ocasión de la boda, en Chiapas, de José Antonio González Blanco Ortiz Mena con Lilia Cristina Serrano Nájera. Invitados de lujo fueron el nuncio apostólico Girolamo Prigione, el cardenal de Guadalajara, Juan Jesús Posadas Ocampo,  el arzobispo de Tlalnepantla, Manuel Pérez Gil, y el obispo de Tuxtla, Felipe Aguirre. El feliz anfitrión fue el secretario de Gobernación, Patrocinio González Garrido.

La luna de miel no duró mucho porque el 24 de mayo de 1993, los hermanos Arellano Félix asesinaron al cardenal Posadas Ocampo al  confundirlo con “El Chapo”. El 10 de enero de 1994, Patrocinio dejó de ser secretario de Gobernación.

Desde entonces nada ha sido miel sobre hojuelas. Salinas tuvo que acudir a la Catedral de Guadalajara a dar el pésame; a partir de entonces, la clerecía se ha metido en política hasta la cocina; para no ser exhaustivos, Juan Pablo II beatificó mártires cristeros en apoyo electoral al PAN y, recientemente, el semanario de la Arquidiócesis, “Desde la fe”, tundió con ganas al gobierno.

Todo esto lo recordaba el sábado por culpa de la profesora Zaldívar.