viernes, agosto 19, 2022
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“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

Un contrapeso a la voz oficial

Diego Fernández de Cevallos, de los pocos valientes, e intachables, que se hacen escuchar tras el meteoro que silenció a la hoy clase política derrotada

Por Juan Bustillos

Con seguridad, a Diego Fernández de Cevallos ya no le interesa organizar o colocarse a la cabeza de una corriente opositora al gobierno de la “Cuarta Transformación”, y no por temor o razones de edad, sino por la escasa calidad, salvo excepciones, como el doctor José Narro y Felipe Calderón, de quienes intentan dar pelea al Presidente López Obrador.

No contaría con generales, oficiales ni tropa. Y en solitario no se puede ir a la guerra.

“El Jefe”, para no incurrir en exageraciones y no calificarlo como la única, es de las pocas voces valientes, intachables y serias que se hacen escuchar en este silencio cómplice que la clase política derrotada se ha impuesto en los primeros 10 meses del gobierno de la 4T más por temor que por cualquier otra cosa.

La oposición partidista es de tan mínima estatura que hasta el propio mandatario debe estar decepcionado porque lo suyo es la confrontación y no tiene con quién hacerlo, y porque sabe que, incluso él, requiere de contrapesos políticos para que su gobierno no tome cauces que quizás ni pretende, pero a los que es empujado por algunos de quienes evolucionaron a su lado con la nueva transformación y esperan su oportunidad con él o cuando ya no sea el líder.

Algo ocurrió a la clase política mexicana después del 1 de julio de 2018 que, por las razones que sean, ofrece la impresión de ser víctima de un meteoro cuya virtud ha sido acabar con la última generación de dinosaurios, aquellos que hasta antes de la debacle electoral del PAN y del PRI, más de éste que de aquel, parecían gigantes destinados a reinar en el país por largo tiempo.

¿Para qué mencionar la larga lista de aquellos gigantes con futuro que creyeron promisorio y que hoy están desaparecidos a consecuencia del cataclismo electoral?

Son tantos que el espacio sería insuficiente para mencionarlos uno a uno. Además, por algunos guardo cariño y respeto, y por eso es mayor mi desconcierto. Creí conocerlos.

Se les extraña; antes ocupaban las primeras páginas de los diarios y las portadas de los semanarios; sus declaraciones eran recogidas en los tiempos estratégicos de noticieros de radio y televisión, y sus huellas digitales eran fácilmente identificables en las columnas periodísticas. La pasaban en franca competencia, en busca del futuro; hoy, sin presente y quizás lastrados por sus pasados personales y de grupo, intentan, y han conseguido, pasar desapercibidos, como si no existieran, como si no hubiesen existido.

Quienes conocen a esa extinta clase política aseguran que en su mayoría no fue compuesta por gigantes ni dinosaurios en el sentido priista del término que le daba don Francisco Galindo Ochoa. Constituyeron un engaño, con el agravante de que en tanto tiempo de reinado se ensuciaron patas y posaderas, convirtiéndose en fáciles presas de los depredadores de la nueva era.

NO AL TROTE DE LA POLÍTICA

La incursión de uno verdaderamente grande, como Fernández de Cevallos, sin pasado que sirva a quienes afianzan su dominio persiguiendo la corrupción que caracterizó a los gigantes ejemplares de la era anterior, sería un contrapeso formidable que, como decía, hasta el propio López Obrador agradecería, pero a “El Jefe”, los únicos trotes que ahora le interesan son los de su caballo favorito.

Cuando deja la rienda, y sin apoyarse en el estribo, brinca de la silla como el gran charro que es, se permite escribir una columna en Milenio o conversar con Pepe Cárdenas. Con eso le basta, y sobra, para romper el ominoso y aturdidor silencio de la nueva era dominada por la voz solitaria de Andrés Manuel.

Preguntarse en dónde están aquellos enormes dinosaurios no es producto de la nostalgia por un pasado que no volverá; es simple curiosidad periodística intentar responderme ¿por qué si apenas dos o tres años atrás se la comían a brincos, hoy se afanan en conseguir que la 4T olvide que alguna vez dominaron, orgullosos, al país?

En vísperas y meses posteriores al impacto del meteoro en las urnas se dedicaron a eludir su corresponsabilidad en la debacle. Tenían bien identificados a los causantes del final de su reinado y el pasatiempo generalizado era crucificarlos en mesas de restaurante y columnas políticas, pero cuando la nueva especie reinante necesitó justificar su discurso moralizante y convencer a sus votantes de que va en serio la promesa de destruir lo que quedó en pie y limpiar de corrupción el nuevo mundo, fue entonces que los sobrevivientes desaparecieron.

No emigraron; simplemente dejaron de estar. No fuese a ser que llamaran la atención y se convirtieran en material de crucifixión en el púlpito mañanero de la “Cuarta Transformación”.

Más aún, dejaron de ser grupo; se dispersaron mostrando que llegaron a ser grandes no por mérito, sino por designación.

Exhiben, sin pudor, su inexistente sentido de solidaridad; han abandonado a los pocos que les ofrecen lecciones de entereza y lealtad luchando aún en el peor de los escenarios.

Atemorizados, no son capaces de marcar un número telefónico, al menos para cubrir las apariencias.

Y es que, aunque ya no existe el Cisen, López Obrador les recuerda, a la menor provocación, que su pecho no es bodega y lo último que desean es ser escuchados ofreciendo solidaridad, aunque sea de dientes para afuera.

Es así como López Obrador camina en soledad rumbo al nuevo proyecto de régimen, concebido en lustros, de buscar la aniquilación de los dinosaurios.

Ocasionalmente le brinca alguien, como Vicente Fox, que habla de “partir la madre” a la “Cuarta Transformación”, pero cualquiera sabe que se trata sólo de la caricatura que ya era cuando dejó pasar la oportunidad histórica de transformar la vida política mexicana.

No le resultará fácil al Presidente calmar las ansias de tantos ajenos a la izquierda que se colgaron a su inercia triunfadora y cuyos proyectos personales poco tienen que ver con el suyo, por disparatado que en ocasiones parezca.

No tiene contrapesos, y quienes podrían serlo se han mantenido fieles a lo que su naturaleza dicta, hacer negocios con quien tenga el poder, sea cual sea su tendencia ideológica.

Poco a poco, los obstáculos que podrían obligarlo a mejorar su proyecto, y a mantenerlo en los cauces democráticos, se rinden ante la fuerza de su palabra; ni siquiera de su acción, pues le basta un señalamiento en las conferencias mañaneras, por insostenible o mentiroso que sea, para que caigan como fichas de dominó.

El Poder Legislativo lo ganó en las urnas y el Judicial se rinde día a día y va en camino de ser su aliado incondicional.

Ya quedan pocas voces independientes en la prensa y pronto predominarán los aliados o los expertos en brincar, aún sin elegancia, de un trapecio a otro, como lo han hecho sexenio tras sexenio.

Será una terrible soledad la que padezca, a menos que, como esperan los optimistas, sus yerros, los excesos de algunos depredadores que han aprovechado la popularidad presidencial, y no los aciertos de la oposición o la irrupción de liderazgos que suplan a los viejos dinosaurios desaparecidos presas del terror, le amarguen las elecciones del 2021.

Mientras eso ocurre, bienvenidas voces como la de Diego Fernández de Cevallos. Todos, incluido López Obrador, las necesitamos.

Y sólo para medir la resonancia de las palabras de alguien con peso mediático, no es casual que el jueves pasado apareciera en El Universal una nota en la que el Edil del municipio de Colón, Querétaro, hiciera público que, presuntamente, Fernández de Cevallos debe más de 900 millones de pesos en impuesto predial, con multas y recargos.

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