“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

 Las “putas tristes” de “El Pana”

Murió como soñó, como le gustaba decir: ‘No existe muerte más bella que en la plaza, como Manolete’. No llegó a ser Manolete, pero fue ‘El Pana’

A Juan Manuel Rivera, Compa, ¿te acuerdas en ‘Brito’, en Huamantla?

De primera intención quería escribir sobre la advertencia de Miguel Osorio Chong a Felipe Calderón de no exponerse, no por sus obvias y evidentes intenciones políticas, sino por el riesgo irresponsable que corre al meterse a hacer política, como es su derecho, en territorios, como Tamaulipas, en donde libró su guerra contra el crimen organizado (que dicho sea de paso, fue y es de todos).

También pretendía “filosofar” sobre el riesgo que corren el próximo domingo todos los aspirantes al 2018, excepto Andrés Manuel López Obrador, pero al final me venció mi afición taurina no compartida por la mayoría de la familia.

Ayer murió “El Pana”; no se trata aquí de hablar de su poco o mucho arte, de su amor por la fiesta brava ni de su proclividad suicida, porque todo eso es materia de especialistas en las que ni siquiera neófito soy, pero entre lo poco que poseo, que es solo mío, hay 3 antiquísimos derechos de apartado en la fila 8 del primer tendido, en sombra, en la Monumental Plaza México; más arriba, en el segundo tendido, suele estar, para mi vergüenza, el exrector de la UNAM, Juan Ramón de la Fuente, pero más abajo, en mejor lugar, para mi envidia, en el primer tendido, don Roberto Calleja, más taurino que experto en medios, lo que ya es mucho decir.

“El Pana” murió, quisiera decir, como quiso, sin albur, de la cogida de un burel, pero en realidad el astado lo atropelló causándole una ranquimedular cervical severa, con fractura de tres cuerpos vertebrales, producto de una contusión con hiperextensión cervical. De esta no lo habría salvado ni mi paisano el doctor Rafael Vázquez Bayod, el verdadero brujo de los ruedos.

Me dicen los villamelones y los ambientalistas y esa subespecie de la zoología que se afana en extinguir la fiesta, que “El Pana” era un suicida, que ya no tenía edad para agarrar el trapo y esperar al toro protegido solo por el capote.

No los contradigo; sería ocioso y necio porque no pertenecen a ese subgénero primitivo del homo sapiens que aún se emociona burlando con trapo y espada a otro género animal, este de inigualable belleza y fiereza que, sin embargo, es víctima, como el hombre, de la civilización: lo engordamos como nos engordan, con anabólicos.

Sería necio entrar en debate; no nos entenderíamos. Además, no se trata aquí de hacer crónica taurina que no es lo nuestro. Solo confieso que amo  la fiesta y que el valor de los matadores y la estampa de los bureles quizá me devuelven a tiempos en los que el homo sapiens luchaba por imponerse en el mundo en que emergió.

Lo que sea, solo hablo de arte y valor.

“El Pana” no fue el mejor, pero tampoco el peor de su especie. Los calificativos son subjetivos; quizá la falta de arte la suplió con arrojo, temeridad. Si así fue, pudo ser un buen periodista en estos tiempos; podría no dominar el idioma, pero su valor, desenfado e incorreción política, le habría bastado para destacar a pesar de su edad.

Cuando enfrentó a su último toro, Rodolfo  Rodríguez sabía que la muerte lo esperaba. A los 64 años no puede uno vestirse de luces y plantarse ante el toro sin más arma que un trapo, pero ¿quién quiere vivir una vida “normal” y cuidar a los nietos? “El Pana” no.

El 7 de enero de 2007, en la que parecía su última corrida, brindó a “Rey mago”,  a las damitas, damiselas, princesas, vagas, salinas, zurrapas, suripantas, vulpejas, las de tacón dorado y pico colorado, las putas, las buñis, pues mitigaron mi sed y saciaron mi hambre y me dieron protección y abrigo en sus pechos y en sus muslos, y acompañaron mi soledad. Que Dios las bendiga por haber amado tanto”.

Las buenas conciencias, que nada dijeron cuando Gabriel García Márquez escribió “Memorias” sobre  sus “putas tristes”, porque el colombiano era Premio Nobel de Literatura y eso le daba derecho a decir lo que quisiera, se escandalizaron con el matador porque era tlaxcalteca. Pero “El Pana” agradeció a quienes tenía que hacerlo y en buena hora que lo hiciste, matador.

Hoy, las putas que saciaron su hambre y sed, están tristes, como las de García Márquez y como este villamelón.

¿Qué importa que este matador con poco arte recurriera al escándalo para ocupar el lugar que creía merecer, como cuando nos visitó Chirac en 1995 y brincó al ruedo cual espontáneo con un cartelón heroico, pero oportunista?: “Chirac, ya párale, cabrón, con tus bombitas”.

Nada de eso importa; lo relevante es que ya en plena tercera edad, el 2 de mayo pasado, cuando debía estar en casita cuidando a los nietos, se fue a Ciudad Lerdo, Durango, capote en manos esperó al segundo de la tarde, “Pan francés”, y encontró a la muerte que con tanto ahínco buscó.

Murió como soñó, como le gustaba decir: “No existe muerte más bella que en la plaza, como Manolete”.

No llegó a ser Manolete, pero fue “El Pana”.