“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

Golpe de Estado y “conspiracionitis”

Los ingredientes: El discurso del General Gaytán el 22 de octubre, el silencio del General Sandoval (titular de la Sedena) y su respuesta un mes después, este 20 de noviembre, y la especulación del Presidente López Obrador…

Por Juan Bustillos

Durante casi un mes, 29 días para ser exactos, los mexicanos fuimos conducidos a un debate artificial sobre un tema que por décadas fue tabú en México, pero que de pronto alcanzó visos de cierta verisimilitud a causa del golpe de Estado en Bolivia o la renuncia de Evo Morales a la Presidencia a “sugerencia” del jefe del Ejército, General Williams Kaliman, con quien, por cierto, mantenía una estrecha cercanía que convirtió a la fuerza armada en contratista.

La pregunta es si sólo fuimos víctimas de un juego perverso con origen en una estrategia política mediática para distraer a los mexicanos de problemas graves, como el llamado “culiacanazo”, en los que el gobierno y las Fuerzas Armadas, incluida la Guardia Nacional, fueron exhibidos como “fallidos” por un cártel de la droga, y la demostración de que, no obstante el discurso sistemático y una estrategia novedosa que choca con las implementadas en los dos sexenios pasados, la autoridad no es capaz de garantizar la seguridad ciudadana, como quedó demostrado, en Sonora, con la ejecución de las familias mormonas, en la que perecieron mujeres y niños.

Nadie acierta a explicar, con suficiencia, el por qué discursos y silencios militares dieron pie a mensajes del Presidente López Obrador vía Facebook, video incluido, y declaraciones, en la conferencia de prensa “mañanera”, sobre un Golpe de Estado que no ha estado en la mente de nadie y que ningún mexicano estaría dispuesto a permitir o solapar.

Ante la ausencia de una explicación creíble henos aquí sumidos en el muy gustado deporte mexicano de la conspiracionitis, especulando sobre lo que pudiera haber atrás de un discurso sospechosamente crítico a la Cuarta Transformación por parte de un general retirado de alto rango al que, para culminar su larga carrera, sólo faltó encabezar al Ejército y a la Fuerza Aérea; del silencio insólito del secretario de la Defensa Nacional en una circunstancia en la que cualquiera de sus antecesores habría reaccionado de inmediato para dejar bien claro que la clase castrense respalda el proyecto de gobierno y a la figura presidencial, y del debate artificial en el que, a partir de la locuacidad de Carlos Gaytán Ochoa y la mudez de Cresencio Sandoval, nos metió el Presidente de la República, por fortuna brevemente, al hablar de la imposibilidad de que en México ocurra un golpe de Estado.

¿A TÍTULO PERSONAL, EN REPRESENTACIÓN O POR CONSIGNA?

No hay antecedente, no al menos del que este reportero tenga noticia en los últimos 45 años de ejercicio profesional, de la audacia del ex subsecretario de la Defensa Nacional Carlos Gaytán Ochoa, manifestando, el 22 de octubre pasado, a título personal, en representación de unos 700 de sus pares en retiro o activo, o leyendo el discurso que alguien le escribió para dar pie a una estrategia político-mediática que provocara respuesta a la enunciación del supuesto agravio castrense porque “las formas con que hoy se conduce al país”, evidentemente las de López Obrador, chocan con “los valores axiológicos sólidos” con que son formados los militares mexicanos.

“Nos sentimos agraviados como mexicanos y ofendidos como soldados”, dijo el general.

Tan sorprendente como la audacia de Gaytán Ochoa fue el silencio inmediato y la respuesta, casi un mes después, del secretario de la Defensa Nacional, general Cresencio Sandoval, que con lenguaje burocrático, propio de una ceremonia de rutina, y no de la conmemoración del aniversario de la Revolución ni del contexto que vivimos por semanas, se concretó a decir al Presidente López Obrador que los militares “respaldamos su proyecto de Gobierno y el respeto a la figura presidencial”, y, desde luego, apoyan la transformación del país, la Cuarta, digo yo.

En otro tiempo, el jefe del Ejército y de la Fuerza Aérea habría dado respuesta inmediata a las palabras de Gaytán Ochoa, el 22 de octubre, en la Secretaría de la Defensa Nacional, y quizás hasta habría ordenado su arresto.

Justificación le sobraba. Gaytán Ochoa leyó en un desayuno de militares del más alto rango: “…vivimos en una sociedad polarizada políticamente porque la ideología dominante, que no mayoritaria, se sustenta en corrientes pretendidamente de izquierda que acumularon durante años un gran resentimiento.

“… es también una verdad inocultable que los frágiles mecanismos de contrapeso existentes han permitido un fortalecimiento del Ejecutivo que viene propiciando decisiones estratégicas que no han convencido a todos, para decirlo con suavidad.

“Ello nos inquieta; nos ofende eventualmente, pero sobre todo nos preocupa, toda vez que cada uno de los aquí presentes fuimos formados con valores axiológicos sólidos que chocan con las formas con que hoy se conduce al país”.

El ataque, la crítica, al comandante supremo de las Fuerzas Armadas fue claro, sin giros literarios.

Es cierto, Gaytán Ochoa es un ciudadano que goza de libertad de expresión, pero también es un general que parecía reclamar, a nombre de la mayoría de sus pares, el agravio por “las formas con que hoy se conduce al país”.

MILITARES, 8 VECES LEALES

Nadie sabe cómo es seleccionado el orador para ese encuentro periódico del general Secretario con generales y oficiales de alto rango, por lo que reconocemos la imposibilidad de afirmar si habló en representación de los invitados o sólo expresó sus consideraciones críticas muy personales.

Lo cierto es que el debate inició a partir de la filtración de sus palabras en lenguaje críptico, señalando la existencia de malestar militar con el poder civil. Después vendría la publicación, cuasi oficial, del discurso completo, filtrado por el autor o por una fuente gubernamental interesada, y la inopinada reacción presidencial.

Sin embargo, fue hasta el 20 de noviembre que el general secretario, a nombre del Ejército y la Fuerza Aérea, que encabeza, pero también de la Marina, dijo a López Obrador que “respaldamos su proyecto de Gobierno y el respeto a la figura presidencial”.

Dijo más: “En su gobierno se nos han encomendado nuevas tareas; tenga la seguridad de que los Soldados y Marinos nos sentimos orgullosos y honrados de que así sea, y las hacemos porque sabemos que esos esfuerzos están encaminados a la transformación de México (la Cuarta, desde luego) que usted dirige”.

Un día después, en su conferencia mañanera del jueves pasado, a una pregunta sobre el asombroso crecimiento de la inseguridad en todo el país y el dato, irrebatible, de que, no obstante la política de no a la guerra y sí a “besos y abrazos”, 2019 ha sido el año más sangriento de muchas décadas, el Presidente se salió por la tangente acudiendo al Ejército y al golpe de Estado que ya todos habíamos olvidado: “…los conservadores no podrían apoyarse en las Fuerzas Armadas. Aquí no hay ninguna posibilidad de que se imponga un régimen militar o un gobierno civil impuesto por la fuerza militar; no hay ninguna posibilidad. Además, los ciudadanos en nuestro país queremos la democracia; no queremos dictaduras; no queremos autoritarismos”.

Y pidió a los reporteros contar cuántas veces mencionó el general Sandoval la palabra “lealtad” y sus derivados en el discurso de la conmemoración del 20 de noviembre. Fueron ocho, pero tardías. Habría bastado con que el 22 de octubre la hubiese espetado una vez, sólo una, al general Gaytán Ochoa, que en lo fundamental dijo todo lo contrario a lo que el secretario de la Defensa mencionó 29 días después, pero si todo lo anterior es insólito, y hasta parece surgido de la mente calenturienta de un guionista de serie de Netflix, lo es también que el texto íntegro del discurso de Gaytán Ochoa fuese publicado por el periódico La Jornada, de franca filiación lopezobradorista, que no puede ser calificado de “fifí”, neoliberal o conservador, ni mucho menos de adversario de la Cuarta Transformación.

La Jornada es el mismo diario al que el Presidente declaró que como no somos un país belicista, si por él fuera desaparecería al Ejército. Si sus servicios de inteligencia no le informaron, causó malestar en las Fuerzas Armadas.

Más rápido para reaccionar que el secretario de la Defensa, desde su refugio familiar en Palenque, el Presidente desechó, el 2 de noviembre, la existencia de condiciones, en México, para un golpe de Estado: “¡Qué equivocados están los conservadores y sus halcones! Pudieron cometer la felonía de derrocar y asesinar a Madero porque este hombre bueno, Apóstol de la Democracia, no supo, o las circunstancias no se lo permitieron, apoyarse en una base social que lo protegiera y lo respaldara”.

“Ahora es distinto. Aunque son otras realidades, y no debe caerse en la simplicidad de las comparaciones, la transformación que encabezo cuenta con el respaldo de una mayoría libre y consciente, justa y amante de la legalidad y la paz que no permitiría otro golpe de Estado en nuestro país”.

Interrumpió su descanso de los Días de Muertos para enviar en video un mensaje; dijo que “no hay nada que temer” porque “vamos muy bien” y “el pueblo nos está apoyando”.

Insistió en días subsecuentes: “Hay que tener mucha claridad, y por eso lo de mi mensaje para que nadie esté pensando que hay condiciones para dar un golpe de Estado; no existen condiciones. Eso es lo que digo; no hay esas condiciones, para que no se caiga en esa tentación”.

Es necesario remarcar: “… para que no se caiga en esa tentación”. ¿Quién o quiénes?

A partir de los mensajes de López Obrador nos olvidamos del “culiacanazo” y nos sumimos en la especulación sobre un posible golpe de Estado.

En su “Liturgia política”, el 2 de octubre, Francisco Bustillos dijo: “El lenguaje de Gaytán Ochoa no es suficiente para dar pie a que el Presidente aborde la imposibilidad de un golpe de Estado que, a menos que me equivoque, no ha pasado por la mente de nadie”, y se preguntaba: “¿Por qué AMLO habla de Golpe de Estado?.. ¿Qué sabe… que el resto de mexicanos desconocemos?”.

El 3 de noviembre, en este espacio escribí: “Preferible la 4T que un golpe militar”.

¿Por qué todo este argüende?

Nadie le encuentra explicación.

Raymundo Riva Palacio, un periodista de larga experiencia y generalmente bien informado, con proclividad a desentrañar misterios políticos, publicó el 19 de noviembre, un día antes que el general Sandoval rompiera su inexplicable silencio, su convicción de que el general Gaytán no escribió el discurso que dio pie a todo, sino que el texto le fue entregado por su compadre, el general Audomaro Martínez, un paisano y viejo amigo del Presidente que se desempeña al frente del Centro Nacional de Inteligencia, lo que en tiempos pasados fue el Cisen o la policía política conocida como la Dirección Federal de Seguridad.

La estrategia no habría sido una “advertencia al Presidente ni para deslindarse. Al contrario… fue redactado para desviar la atención, pero también para enviar un mensaje a los inconformes dentro del Ejército y neutralizarlos. Hay malestar dentro del Ejército, efectivamente, por la forma como los ha tratado López Obrador. No olvidan sus declaraciones reiteradas sobre desaparecer las Fuerzas Armadas, que hará en cámara lenta con la consolidación, si alguna vez cuaja, de la Guardia Nacional”.

Conforme a Raymundo, esta es la historia que cuentan hacia el interior del Ejército: “Recientemente (se) obligó al general Sandoval a asumir toda la responsabilidad del culiacanazo. Sí hubo un error en la preparación operativa táctica de la captura de Ovidio Guzmán López, pero la falla fue compartida por otro general retirado, Luis Rodríguez Bucio, comandante de la Guardia Nacional, que no ha dado la cara ante la opinión pública por el fiasco y ha sido fuertemente protegido por el Presidente. Rodríguez Bucio y Martínez son las dos figuras militares que han escapado de la crítica por el culiacanazo, aunque reiteradamente se ha señalado que una de las grandes fallas de aquél operativo fue el director del CNI, porque lo que más errático estuvo fue la inteligencia”.

Raymundo esperaba una respuesta retórica en la conmemoración del inicio de la Revolución y el general secretario no lo defraudó. Habló de respeto a la figura presidencial y de apoyo a su trasformación, pero lo cierto es que el discurso no se apartó del esquema burocrático acostumbrado en este tipo de ceremonias.

LA PROTECTORA BANDA PRESIDENCIAL

Lo único destacable fue que el Presidente, reacio a utilizar la banda tricolor sobre su pecho, la luciera al encabezar el desfile conmemorativo.

Al verlo me recordó una anécdota narrada por don Francisco Galindo Ochoa. En 1968, el Presidente  Gustavo Díaz Ordaz fue informado que, sin anuncio previo, se había presentado a visitarlo el general secretario, don Marcelino García Barragán, acompañado de comandantes de regiones y zonas militares. Eran días aciagos en los que se hablaba de ofertas norteamericanas al secretario de la Defensa Nacional de hacerse del poder civil, como recordará nuestro colaborador, el dirigente estudiantil Sócrates Amado Campos Lemus. Es decir, asestar un golpe de Estado.

Nervioso, el mandatario fue a sus habitaciones, tomó una banda tricolor, la cruzó sobre su pecho y se dispuso a enfrentar a los generales. El color volvió a su rostro y recobraría el aplomo cuando sus visitantes, encabezados por el general García Barragán, se cuadraron marcialmente a saludarlo. Habían acudido a Los Pinos a refrendarle su lealtad. Y así se coronó la leyenda de don Marcelino como símbolo de lealtad militar.

Algún día sabremos qué hubo atrás de la locuacidad de Gaytán Ochoa, de la mudez de Sandoval y de la posible participación de Martínez en la redacción del discurso, pero también de las causas que empujaron a López Obrador a sacar un fantasma de nuestra historia no tan lejana en la que el último golpe de Estado registrado oficialmente fue asestado a Venustiano Carranza, y el postrer intento fue el de don Adolfo de la Huerta; quizás también el de Saturnino Cedillo en 1938, contra el general Lázaro Cárdenas.

La enseñanza de todo este enredo quizás sea la necesidad de no dejar que la especulación llene los vacíos informativos, así como la conveniencia de no abrir la boca a bote pronto para no azuzar debates sin sustento, a menos que se trate de una estrategia distractiva para ocultar errores, insuficiencias o vestirse de héroe.