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“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

La lección de Porfirio, AMLO, Calderón y Chuayfett

INE de la Cuarta Transformación estará diseñado para mantener a Morena en el poder gracias a quienes lo perdieron en 2018

Por Juan Bustillos

Todos estamos intranquilos por la embestida que sufre el Instituto Nacional Electoral, excepto su capitán, Lorenzo Córdova, porque tiene la vida resuelta: Es poseedor de una carrera universitaria, tiene un lugar asegurado como catedrático de la UNAM y, jubilado como árbitro electoral, seguramente será invitado a dictar conferencias sobre la democracia mexicana y su muerte, las cuales le serán bien retribuidas, pero al margen del bienestar económico del “Kimosabi” debemos reconocer que Morena no se está comportando diferente a sus adversarios.

La composición actual del INE respondió a una negociación entre las fuerzas políticas dominantes del sexenio anterior. Las posiciones se las repartieron, proporcionalmente, el PRI, PAN y PRD. Con este antecedente se antoja natural que si prosperan las maniobras que están a la vista, Morena tendrá, dados los números obtenidos en julio de 2018, la mayoría, si no es que la totalidad, de los consejeros.

Ciertamente, tan antidemocrático como lo sería el absurdo de que, convertidos en minorías casi inexistentes, PRI PAN y PRD continuaran dominando al Instituto con la exclusión del partido mayoritario.

Es probable que ni la disminución de presupuesto ni la intención de recortar el tiempo de Córdova como consejero presidente se hubiesen presentado si a alguien, medianamente inteligente, se le hubiese ocurrido sugerir a algunos consejeros desalojar sus oficinas para dar cabida a recomendados del nuevo partido que casi extingue a los que nunca calcularon que el Pacto por México, planificado y concertado en Arrayanes 90, bajo la tutela de Pepe Murat, tendría como consecuencia su desnaturalización como oposición.

En su momento el Pacto constituyó un logro que catapultó a Peña Nieto a la historia y le valió ser envidiado, entre muchos jefes de Estado, por Barack Obama, por ejemplo; hoy, de sus 13 grandes reformas casi nada queda, sólo un PRI sin ideología que abjuró de su origen revolucionario para dar cabida a fórmulas novedosas que el populismo triunfante está haciendo polvo.

Aquel Pacto parecía magnífico, pero desde el inició exhibió su fragilidad. Por ejemplo, un desliz de Rosario Robles y Javier Duarte, en Veracruz, permitió a Gustavo Madero y Jesús Zambrano chantajear a Peña Nieto con un adéndum en la Reforma Electoral que sirvió para minar al PRI.

Ya desde entonces en campaña para ser Presidente, Miguel Mancera aprovechó, sin afiliarse al PRD, que Luis Videgaray negociara con el Congreso el pago de miles de millones de pesos a la Ciudad de México por los daños (de “capitalidad” le llamaron) ocasionados por los descontentos de provincia, la CNTE y los Padres de Ayotzinapa, principalmente, que se manifestaban con violencia en la capital de la República.

Los priístas descontentos con el Presidente Peña Nieto aseguran que a partir de la promulgación del Pacto abdicó de sus funciones a favor de sus secretarios de Hacienda, Videgaray, y de Gobernación, Miguel Osorio Chong, y les permitió hacer con el gobierno y el país lo que quisieron, consiguiendo, con eso, la debacle priísta, pero esas son otras historias. Lo que importa es que engolosinados con el triunfo histórico del Pacto, nadie se percató del tsunami que se preparaba para arrasarlos. Quizás se auto engañaron porque desde su habitación en Médica Sur, en donde se recuperaba de un infarto, Andrés Manuel López Obrador no pudo impedir la aprobación, en el Senado, de la Reforma Energética, que con la Educativa fue de lo más emblemático del Pacto. Martí Batres y el hijo de AMLO encabezaron un cerco meramente testimonial de la Cámara Alta.

La unidad de las fuerzas políticas en el Pacto fue ilusoria. PAN y PRD chantajearon para levantar la mano (en algunos casos sus votos les fueron pagados con generosidad); el PRI gozó siendo rehén y hasta sus documentos básicos reformó.

Pronto vendrían las traiciones entre los pactantes, como la del panista Ricardo Anaya a Peña Nieto, pero también hacia el interior del grupo gobernante priísta.

Mientras el Tsunami crecía, sólo en Los Pinos, en el PRI, PAN y PRD daban por liquidado a López Obrador, pero hubo quienes sí percibieron lo que ocurría.

En vísperas de que Manlio Fabio Beltrones perdiera 12 gubernaturas por razones que tuvieron que ver con la cruenta lucha que Peña Nieto toleró en el interior de su gabinete, en especial entre Videgaray y Osorio Chong, recuerdo que Carlos Salinas me preguntó si nadie se percataba del tsunami que nos avasallaría en esas elecciones, pero que ya formaba la ola gigantesca que 2 años después se manifestaría con todo su poder.

Ocurrió. En 2018, Morena ganó el Ejecutivo Federal y el Congreso, pero el INE permaneció dominado por los perdedores. Las fuerzas que daban soporte a los consejeros dejaron de existir o están moribundas.

Como decía el añorado “Piporro”, por mera cortesía, Lorenzo Córdova debió adoptar una posición ante la nueva realidad política: Proponer la integración de un Instituto que reflejara la nueva composición política del país.

Recién tuve oportunidad de platicar con viejos priístas que tuvieron que ver con la ciudadanización de la autoridad electoral, uno de los pasos más significativos de la democracia a la mexicana.

Escuché que se debe a Porfirio Muñoz Ledo, a su genio, no a su egolatría, la composición del IFE, en el que todos sus consejeros fueron aprobados por unanimidad.

El mérito absoluto es de Porfirio. Su razonamiento fue inobjetable: Tiene que ser transexenal para que tenga valor; de lo contrario los quitaremos en cada elección, dijo, pero, además, para que tenga valor nadie va a proponer a sus cuates; que se hagan bolas a base de sugerencias; se examinará uno a uno y quienes no tengan tache pasarán a otra, y así sucesivamente, hasta completar el número de consejeros. El resultado fue aprobado por unanimidad.

José Woldenberg fue presidente del Instituto porque Emilio Chuayffet se reservó el derecho a designarlo y nadie lo objetó. Anécdota del momento fue que los negociadores de los diferentes partidos pensaron que propondría a un priísta. “Nomás no se mande -bromeó Muñoz Ledo-; no vaya a proponer a César Augusto Santiago”.

Sólo para recordar, los líderes del PAN y del PRD eran Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador, respectivamente; del PRI Santiago Oñate. El secretario de Gobernación, Emilio Chuayffett, era presidente del IFE, y su mano derecha Arturo Núñez. Ernesto Zedillo, presidente de la República, no interfirió.

Aquel fue el mejor Instituto de nuestra historia electoral. Recordemos que proclamó la primera derrota del PRI, la de Francisco Labastida ante Vicente Fox.

No ocurrirá más un episodio como este. El INE de la Cuarta Transformación estará diseñado para mantener a Morena en el poder gracias a quienes lo perdieron en 2018. Las reformas legislativas necesarias pasarán sin problema.

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