“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

Después de todo, lo que cuenta es ser patriota

‘Ningún Presidente’, diría Peña Nieto, ‘se levanta, por la mañana, pensando en cómo joder al país’. En ese sentido, el T-MEC da gusto a todos y a nadie. Lo que no cabe es la especulación de Gustavo de Hoyos de comparar a López Obrador con López de Santa Anna

Por Juan Bustillos

El pasado 10 de diciembre, los representantes comerciales de México, EU y Canadá firmaron el Protocolo Modificatorio del T-MEC. El testigo fue el Presidente Andrés Manuel López Obrador.

En esas intensas batallas, retóricas y jurídicas, algunas ajenas al Estado de Derecho,  características de la Cuarta Transformación, el presidente de la Coparmex, Gustavo de Hoyos, exageró al afirmar que con el T-MEC, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador fue más “flexible” que el de Antonio López de Santa Anna con el Tratado Guadalupe Hidalgo, en el que México cedió, ante Estados Unidos, casi la mitad del territorio nacional.

Palabrería, demagogia, pero de uno y otro lado; del gobierno, los empresarios y la opinocracia, porque el T-MEC ni es la gran solución que nos han vendido a los problemas económicos del país, como en el futuro se podrá advertir, pero tampoco la entrega de la soberanía, no al menos en los términos alarmistas alegados por críticos y adversarios del Presidente, como De Hoyos.

López Obrador intenta una transformación, la Cuarta, le llama él, pero su tocayo de apellido, Antonio de Padua María Severino, sí transformó al país, por lo menos en territorio y fisonomía: Perdimos Texas, California, Nevada, Utah, Colorado y parte de Wyoming. En términos cronológicos, la suya sería la tercera, para mal, pues gobernó antes que Benito Juárez, de tal suerte que si Andrés Manuel logra la suya vendría a ser la quinta.

Su Alteza Serenísima también transformó la democracia; fue presidente de México cuantas veces quiso (se pueden contar hasta 11) y, lo que es peor, a petición del pueblo, imagino que también lo llamaba “sabio”, o de quienes decían representarlo.

En realidad, quién sabe en qué número de transformación estaríamos. Recordemos que de no negarse el Senado de Estados Unidos a aprobar el Tratado McLane-Ocampo, Benito Juárez estaría en el basurero de la historia y no en la papelería oficial de López Obrador.

Por un puñado de dólares, como diría Clint Eastwood, en realidad 4 millones, cedíamos, a perpetuidad, el derecho de tránsito desde Tehuantepec a Coatzacoalcos, vigilado por las celosas y eficaces tropas norteamericanas; también entregábamos el tránsito desde Guaymas a Nogales, de Camargo a Matamoros y de Tamaulipas a Mazatlán, vía Monterrey. Eso sí, manteníamos la soberanía, como se dice en todos los tratados. El Benemérito, hay que reconocerlo, se mostró patriota al negarse a ceder la península de Baja California, pero de los 4 millones de dólares sólo recibiríamos 2; el resto lo guardaría el gobierno de aquel país para garantizar pagos a sus ciudadanos que sufrieran perjuicios.

Sin embargo, la historia de México está ahí, al alcance de quien compre, guarde sus textos de la educación primaria o pida consejo al embajador Ricardo Valero para robar un libro en la librería más cercana a su casa o corazón.

En el extremo de los casos puede consultar a Wikipedia para darse una idea somera del terrible episodio de nuestra historia protagonizado por el “Seductor de la Patria”, como llama Enrique Serna a Santa Anna, que en sus aventuras sólo perdió la pierna izquierda en la “Guerra de los pasteles”, un diferendo con Francia causado por algunos de sus oficiales que no pagaron la cuenta en un restaurante de Tacubaya.

O acudir a Paco Ignacio Taibo II, que, al margen de sus balandronadas, es un magnífico difusor de cultura y en su obra escrita hace una deliciosa narración de la batalla de “El Álamo”.

REGALO DE NAVIDAD

Más allá de sus obligaciones como presidente de la Coparmex, De Hoyos tal vez aspire a ser la figura unificadora, inexistente hasta hoy, de los oponentes a López Obrador. Está en su derecho, por más que no se le vean espolones para gallo y no ofrezca a quienes busca que lo sigan una causa motivante a lanzarse a la lucha.

Sin embargo, el Presidente tampoco tiene derecho a satanizar su oposición calificando de “partidista” su postura ante el T-MEC. Si es “partidista” está en su derecho, como, al final de cuentas, estaría dispuesto a reconocerlo López Obrador. Si exagera en sus apreciaciones también las encuentra enfrente en los mismos decibeles.

Lo cierto es que, con excepción de los expertos, los mexicanos no tenemos la mínima idea de lo que alberga el susodicho Tratado, y ahora menos con tanta discrepancia, incluso, entre los hombres del gobierno y los empresarios.

El subsecretario de Relaciones Exteriores para América del Norte, Jesús Seade, que era el negociador único, pero no lo fue tanto por la intervención decisiva de su superior, el secretario Marcelo Ebrard, y por la incursión final del jefe de ambos, el propio Presidente, se felicitó ante los senadores porque el acuerdo entre negociadores se dio ya. Advirtió, sin embargo, que de no ratificarse, como puede ocurrir, existe el riesgo de que se vaya, como mínimo, hasta 2020 o se venga al suelo.

“Sí, podría ponerse feo” si no sale en los plazos acordados, dijo a los senadores.

Presumió Seade la eliminación de la imposición de la verificación arbitraria norteamericana en materia laboral a través de inspectores, lo que, de aceptarse, habría significado perder soberanía; en cambio, esgrimió como algo histórico la apertura de paneles trilaterales de discusión de controversias en cuanto los países firmantes lo requieran.

Por lo pronto, el Presidente López Obrador confía en que el Tratado sea una especie de regalo de Navidad si es aprobado por el Congreso norteamericano antes de concluir las posadas. Su límite es el viernes 20. Supone la existencia de un acuerdo entre legisladores republicanos y demócratas, y espera que Canadá haga lo propio apenas inicie el año próximo.

Es inobjetable que la firma de los negociadores constituye un triunfo de la 4T, no obstante, está por verse lo que ocurrirá en el Congreso de Estados Unidos y, de ser aprobado, esperemos su aplicación práctica.

Por ahora ignoramos cómo ocurrió el milagro de que las partes se pusieran de acuerdo. Aquí narramos que la presidenta demócrata de los congresistas de Estados Unidos, Nancy Pelosi, envío un emisario a Palacio Nacional anunciando olvidarse del Tratado, por lo menos, hasta noviembre de 2020; el mismo día, el Departamento de Tesoro habría hecho llegar al secretario de Hacienda, Arturo Herrera (florero en estas negociaciones), un mensaje en el mismo sentido.

Sin embargo, cuando todo parecía perdido, Marcelo Ebrard se movió como sólo él sabe hacerlo y, de pronto, se hizo la luz.

CADA UNO SU PROPIA VISIÓN

Los adversarios de López Obrador hablan de cesión de soberanía y los empresarios se quejan de que a la hora buena los hicieron de lado. José Manuel Campos, presidente de la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo, reveló que en la última ronda de acuerdos no hubo representantes de la iniciativa privada. No participaron en los acuerdos laborales y en salud.

El jefe de la Oficina de la Presidencia, Alfonso Romo, que suele no quedar bien ni con Dios ni con el diablo, dijo, en cambio, que el sector privado está muy contento. “Vean el tipo de cambio cómo reaccionó; la confianza se va presentando; quitamos muchas dudas y, como en todas las democracias, si 5 por ciento no está de acuerdo, ni modo”. Incluso, refirió que la industria del acero, de inmediato, felicitó al gobierno por el acuerdo y reiteró la inexistencia de cesión de soberanía, pues se trata de una especie de matrimonio. Olvidó agregar que existen los divorcios y los feminicidios.

Creo que el milagro lo hizo Pelosi, que trae agarrado del peluquín a Donald Trump y doblegó a los negociadores mexicanos.

Lo cierto es que el acuerdo se firmó en momentos necesarios tanto para López Obrador como Donald Trump. Para ambos significa algo más que un simple tanque de oxígeno.

Como le ocurrió a Carlos Salinas con la aprobación del TCLAN, uno de los acuerdos más innovadores del siglo pasado. Sucedió a tiempo en el Senado de Estados Unidos para dar marco al lanzamiento de la candidatura presidencial de Luis Donaldo Colosio.

El tiempo demostró el beneficio para ambos países. Con el paso de los años sabremos en qué beneficiarán o perjudicarán las modificaciones firmadas el pasado 10 de diciembre al ya acordado, no lo olvidemos, en tiempos de Enrique Peña Nieto.

Hasta Vicente Fox salió de su escondrijo para felicitar a López Obrador.

Por lo pronto quizás valga la pena una campaña gubernamental explicativa del fondo del asunto que dé una luz sobre las negociaciones y justifique los apuros de la administración federal y la docilidad del Senado de la República.

Se puede estar o no de acuerdo en mucho de la Cuarta Transformación, pero me resisto a signar la especulación de Gustavo de Hoyos comparando a López Obrador con López de Santa Anna.

Sin duda, el Presidente se ha equivocado y se equivocará mucho más, pero nadie lo puede acusar de falta de nacionalismo, aunque la realidad lo obligue a ser obsequioso con Donald Trump y adopte posturas distintas a las que reclamaba a Peña Nieto cuando andaba en campaña y el mandatario norteamericano se ensañaba con nuestros migrantes.

Estoy seguro de que le suena a insulto cuando su homólogo dice que “le gusta”, pues permite suponer a sus adversarios que está a su servicio.

Para sintetizar, el 25 de octubre de 2016, Enrique dijo que ningún Presidente se levanta, por la mañana, pensando en cómo joder al país, aunque a la postre lo haga. Sin duda, es el caso de López Obrador: El 10 de diciembre no inició el día con esa intención.

Que así sea.