domingo, septiembre 27, 2020
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“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

Sin política de Estado contra crimen organizado

Por Juan Bustillos

 

El crimen tocó a las puertas de la sede de los Poderes del Estado Mexicano con un espectacular atentado contra el jefe de la policía de la capital de la República, y cuando la ciudadanía esperaba la reacción de un hombre de Estado debió conformarse con un telepredicador convocando a “conseguir la paz y la tranquilidad con justicia, rectitud, llamando todos a que nos portemos bien para lograr una sociedad mejor”.

Mentirá quien se declare desilusionado por esperar algo diferente.

La respuesta del Presidente López Obrador al atentado contra el secretario de Seguridad Pública de la Ciudad de México no se apartó un ápice de sus prédicas del pasado que, conforme a su concepción, hacen la diferencia con sus antecesores, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.

“No nos vamos a dejar intimidar. Pero nosotros no vamos a declarar la guerra a nadie. No vamos a usar esas balandronadas, tampoco vamos a violar derechos humanos, no se va a permitir masacres y no vamos a hacer ningún acuerdo con la delincuencia organizada como era antes”.

¿En qué mundo vive López Obrador a dos días

de conmemorar el triunfo de la Cuarta Transformación en 2018 sobre las fuerzas neoliberales y corruptas, representadas por el PRIAN?

Nadie le ha pedido declaraciones de guerra; sería absurdo esperarlo después de la liberación de Ovidio Guzmán en Sinaloa.

Nadie quiere balandronadas, por más que a eso suene el reconocimiento de que “tenemos miedo porque somos seres humanos, pero no somos cobardes”. En efecto, los ciudadanos tenemos miedo, mucho miedo.

Y mucho menos esperamos que el gobierno viole derechos humanos, pero deseamos que al menos proteja los de la ciudadanía, como es su mínima obligación.

¿Su gobierno no permitirá masacres?

Tal vez sea que su gabinete de seguridad, con el que se reúne en la madrugada de lunes a viernes, no le dice toda la verdad o quizás el Presidente prefiere, como Vicente Fox, no leer periódicos para no amargarse la vida antes del desayuno, pero las masacres son el pan nuestro de cada día. Horas después del atentado contra Omar García Harfuch ocurrió una en Zacatecas, y en las vísperas los territorios de Oaxaca, Sonora, Guanajuato, Guerrero, Colima, por lo menos, se tiñeron de sangre y luto.

A base de masacres en la Cuarta Transformación han sido superados los números que reclama a Calderón y Peña Nieto cuando el Estado mexicano estaba en guerra con el crimen organizado.

Desde luego nadie espera que el gobierno haga acuerdos con el crimen organizado, aunque pareciera que alguien pudiera tenerlos con grupos sinaloenses.

En este ominoso contexto resultó gratificante la serenidad de la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, y su eficaz y rápida reacción, que contrasta con la parálisis y el desconcierto de varios de los colaboradores presidenciales.

Pero se trata de una reacción aislada ante un fenómeno que merece una respuesta mayor, del tamaño de la temeridad del grupo criminal que se atrevió a incursionar como lo hizo en el asiento de los Poderes Federales de la Unión.

A la metralla, granadas y fusiles Barret no se puede contestar con hojas de trébol, “detentes”, abrazos y llamados a portarse bien ofreciéndoles ejemplo de rectitud.

Tampoco se trata de declarar guerras ni entrar en componendas, sino utilizar toda la fuerza del Estado en algo más que experimentos malogrados como la Guardia Nacional y decretos que confían la seguridad pública a las Fuerzas Armadas en el discurso, pero que en la realidad están maniatadas bajo amenaza de no atentar contra los derechos humanos de los criminales.

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