Tres años después, el héroe del atentado de “El Bardo” solo ansía huir

Foto: elperiodico.com

Natalia Román Morte

Túnez, 18 mar (EFE).- Tres años después del atentado que segó la vida de 22 turistas extranjeros e inició una cadena de ataques yihadistas en Túnez, Aladin Hamdi, conocido como “el héroe de El Bardo” por su papel en el rescate de rehenes se siente marginado, amenazado y con ganas de huir.

Marginado por su gobierno, que no ha cumplido aún las promesas de mejora de contrato que le hizo días después de que su historia le convirtiera en una estrella mediática, amenazado por los yihadistas por “ayudar a los infieles” y convencido de emigrar a Europa como antídoto a lo que define como una desgracia.

“Cuando oí de lejos gritos y tiros estaba convencido de que los terroristas no venían a por nosotros sino por el Parlamento”, rememora Hamdi, guía en el museo, durante una entrevista con Efe sobre los aciagos sucesos de aquel 18 de marzo.

“Después el ruido se intensificó, los sonidos de los disparos eran más fuertes hasta que oí la voz de alguien llorando y abrí la puerta despacio. Era un hombre en la cincuentena, un extranjero, que estaba cubierto de sangre”, relata.

Aquel hombre le dio la medida de la tragedia, ya que no buscaba refugio si no ayuda para salvar a su esposa, que estaba en el piso inferior.

“Un amigo y yo fuimos con él y la vimos de lejos, estaba herida en el corredor entre dos salas. Le dije que nos escondiéramos y esperásemos a la Policía. Pero me soltó la mano y comenzó a correr diciendo que quería morir junto a ella”, afirma.

“Un rato después volví a salir de la sala y encontré a la Brigada Antiterrorista que me apuntó con el arma hasta que les mostré mi identificación del museo. Les enseñé donde estaba la gente escondida e hicieron salir a todo el mundo, pero yo me quedé para indicarles dónde estaban los terroristas”, agrega.

También asegura que les guió por los pasillos del museo, que le felicitaron cuando todo acabó pero que de inmediato fue esposado con varias personas más y llevado a una comisaría local para ser interrogado.

“Nos agredieron, nos pidieron quitarnos los cordones de los zapatos y los cinturones y nos metieron en una pequeña celda con 30 o 40 salafistas, todos con chilaba y largas barbas. Teníamos miedo y nos quedamos en un rincón sentados en el suelo, sin agua, ni tabaco ni nada”, rememora.

“Cuando volví a casa, mi madre acababa de volver del hospital, había estado cerca del infarto porque no sabía nada de mí, no le habían llamado para avisarle y no sabía si yo estaba vivo o muerto”, agrega.

A partir de ahí, la fama -fue entrevistado en la televisión- y la pesadilla comenzaron.

Vecino del barrio de Cité Ettadhamen, bastión salafista en Túnez capital, tuvo que abandonar su hogar porque en la calle los fanáticos le amenazaban con cortarle la cabeza y recuerda los motivos: “porque había participado en la muerte de nuestros hermanos musulmanes y salvado a los infieles”.

También la Policía seguía su pasos y sus declaraciones a medios locales y extranjeros, a los que relató diversos fallos de Seguridad en el museo.

“Cada vez que hacía papeles para irme, la Policía venía a mi casa y me preguntaban por qué desacreditaba al Ministerio del Interior y cuestionaba la Seguridad Nacional. Me llevaban a comisaría, me dejaban allí 24 horas y luego me liberaban”, afirma.

“La seguridad en el museo ha mejorado, no se puede negar. Pero se podía haber evitado el atentado”, recalca antes de asegurar que esas críticas y esa sinceridad han sido su ruina.

“Me han acusado de atentar contra la imagen del Instituto Nacional de Patrimonio, atentar contra el pudor y no respetar la jerarquía. De fraude a los turistas, robo y venta (ilegal) de folletos” turísticos, denuncia.

Una situación de acoso y abandono que también viven otros protagonistas involuntarios del sucesos como “una compañera que tuvo un accidente cuando los turistas trataban de escapar y la arrollaron”.

“A día de hoy su cuerpo está destrozado, está inmóvil, abandonada en un rincón y no recibe ningún sueldo. A estos compañeros nadie les ha prestado atención”, subraya Hamdi, hoy empleado por una empresa contratada por el Instituto Nacional de Patrimonio que se encarga de la seguridad en un pequeño museo del centro.

“Sin contrato, sin seguridad social y sin sueldo fijo, me suelen pagar unos 500 dinares (200 dólares) cada dos o tres meses” por lo que a sus 25 años también trabaja en la construcción para intentar ahorrar y huir.

“He tratado de engañarme a mí mismo pero la única solución es emigrar, da igual a dónde”, apostilla.