Vuelo AM 2431: alas de grandeza (primera parte)

A mi sobrina Delia Arrieta Díaz

Enrique Arrieta Silva

(Primero de cinco)

Desde la primera vez que me elevé sobre el cielo de Durango, a los 14 años de edad, en una avioneta pilotada por un maderero de Chihuahua, de apellido Argüelles, quien  disfrutó en hacer piruetas de todo tipo ante mi asombro y estupor, nació en mí la admiración por la aviación que hacía posible que un aparato más pesado que el aire se elevara aprovechando precisamente las corrientes de aire.

La vida me ha dado la oportunidad de viajar en frágiles avionetas a Topia, Canelas, Tayoltita, San Miguel de Cruces y San Ignacio, Sinaloa. De esas incursiones aéreas recuerdo que en una ocasión en Canelas el aterrizaje ocurrió fuera de la pista, lo que llevó a la avioneta a bambolearse rozando casi con una ala y la otra la tierra. Recuerdo también que años antes que se estrellara con su avión bimotor de 13 plazas el capitán Galarza, volé con él de Topia a la ciudad de Durango.

Hablando ya de aviones grandes, he volado a México, Tijuana, Ciudad Juárez, Mazatlán, Culiacán, Mérida y Europa. Mientras más vuelo, más crece mi admiración por quienes hacen volar esas máquinas, pequeñas y grandes, hacia un horizonte de grandeza que parece no tener fin. Por cierto que de Cancún a la Ciudad de México me ha tocado volar a la una de la madrugada en medio de tormenta y de rayos que podían verse a uno y otro lado del avión con cierta preocupación, y de Durango a México entre granizos tamaño naranja.

Se me estaba olvidando decir que cuando volaba a Cancún, a la mitad del viaje, se escuchó un estruendo que parecía que el avión se iba a partir, no fue así, solo se trataba de que se abrió de fuerte golpe la gaveta que contenía una lancha de plástico grande que pasó por arriba de mi cabeza, tan endurecida que si me pega me mata o me deja loco.

En otra ocasión que volaba de Durango a México veinte minutos antes de llegar el piloto anunció que continuáramos con los cinturones abrochados y que el personal de cabina ocupara sus lugares, porque íbamos a encontrar condiciones climatológicas adversas. Ante ese aviso uno se imagina lo peor, no fue así, solo se trató de fuertes turbulencias, enterándome al día siguiente que había caído en la Ciudad de México una fuerte lluvia y granizos enormes, que si bien no eran tamaño melón sí podían ser tamaño guayaba, por lo que varios automóviles resultaron abollados y  los árboles perdieron ramas y hojas.

Se me estaba olvidando también decir que he volado en helicóptero, pilotado por Teodoro Leopold, de quien se decía había sido piloto en la guerra de Vietnam, y quien tuvo un accidente en el aeropuerto antiguo de la ciudad de Durango en el que fallecieron un mecánico y los hermanos Salinas, que eran pequeños alumnos de primaria. El piloto Leopold años después se estrellaría en contra de un cerro en Veracruz, muriendo él y altos ejecutivos de la Cuenca del Papaloapan. El vuelo fue con dirección a San Juan de Guadalupe y San Pedro del Gallo. Algunos pilotos gustan de hacer bromas a los pasajeros y de esos era Leopold, pues cuando me acabé de abrochar el cinturón, elevó  la máquina de manera vertical y vertiginosa, de tal manera que vi cómo me iba alejando de la tierra súbitamente como si un gigante me jalara por la espalda. Pero eso no fue nada, el verdadero factor de riesgo fue cuando nos perdimos en pleno vuelo y se nos podía acabar el combustible, así que nos vimos precisados a aterrizar cerca de una casa de familia campesina, perdida entre el llano y los montes para preguntar el rumbo. El factor de riesgo no terminó allí. Emprendimos el regreso a la ciudad de Durango como a las dos de la tarde en medio de fuertes turbulencias. El pequeño helicóptero se movía de un lado para otro y de abajo para arriba sin cesar. Leopold no se percibía nervioso, pero he de decir que no soltaba el bastón de mando y que repetida y constantemente dirigía su mirada al rotor, como si temiera que la hélice se desprendiera, desde luego que el que más temía era yo. Aterrizamos en Durango como a las tres y media de la tarde y desde entonces quedé invitado a no volver a volar en helicóptero, cuestión que hasta el presente he cumplido.

Por eso he decidido dedicar esta colaboración a relatar los hechos que me parecen más sobresalientes en la historia de la aviación durangueña, hasta llegar al accidente del martes 31 de julio del presente año, en el que se desplomó  el avión de Aeroméxico, matrícula XA-GAL, llevando 103 personas a bordo entre tripulantes y pasajeros, entre estos últimos mi sobrina Delia Arrieta Díaz, con dirección a la Ciudad de México. El avión como es bien sabido por la opinión pública, se desplomó en la pista del Aeropuerto Guadalupe Victoria de esta ciudad de Durango, cuando las manecillas del reloj estaban entre las quince y dieciséis horas llevando ya velocidad de despegue y fue pasto de las llamas de manera inmediata. Cuando autoridades y habitantes de Durango se refieren a este accidente que acaparó la atención nacional y mundial, y consideran que no se registró ninguna víctima mortal, sino solo heridos, siendo los más graves el capitán y una niña, que ya se encuentran en recuperación, no dejan de expresar que se trata de un verdadero milagro. No les falta razón, pero aquí cabe el refrán de “A Dios rogando y con el mazo dando,” toda vez que en el milagro también caben el heroísmo, la serenidad y la profesionalización del capitán Carlos Galván Meyran, el copiloto o primer oficial Daniel Dardon y de las dos sobrecargos Samantha Hernández y Brenda Zavala que obraron con atingencia y a tiempo, pues de lo contrario el accidente hubiera sido de proporciones dantescas y muchos hogares durangueños, nacionales y extranjeros, vestirían de luto.

Empezaré diciendo que, según mi leal saber y entender, el primer accidente aéreo que tuvo lugar en Durango fue el 2 de mayo de 1914, cuando Venustiano Carranza se encontraba de visita en nuestra tierra. En esa ocasión se decidió efectuar el primer ensayo del aeroplano de guerra, que era un monoplano del sistema llamado “Beriot”. El encargado de tripularlo fue Alberto Salinas Carranza, por cierto sobrino de don Venustiano. Eran las seis de la mañana cuando en presencia del señor Carranza y de algunas personalidades de su gobierno alzó su vuelo el monoplano, elevándose a 400 metros de altura sobre la ciudad, haciendo un recorrido de sur a norte, pasando por el punto de partida, dirigiéndose a La Ferrería con éxito, pero al disponerse a bajar en el punto de inicio las malas condiciones del terreno hicieron que el aterrizaje fuera accidentado, por lo que el monoplano al tocar tierra chocó de manera violenta y se volcó, pese a los esfuerzos del joven piloto, que había hecho estudios sobresalientes en Europa. Afortunadamente el piloto resultó ileso, lamentándose nada más la ruptura de la hélice.