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Palabra Dominical

Fiesta de la Presentación del Señor

Mis ojos han visto a tu Salvador…

luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel

Lc 2, 22-40

Este domingo coincide con la fiesta muy popular en nuestro pueblo, ‘la fiesta de la Candelaria’. La Palabra de Dios de este día, nos muestra un pasaje de la infancia de Jesús, san Lucas subraya cuán fieles eran María y José a la ley del Señor. Con profunda devoción llevan a cabo todo lo que se prescribe después del parto de un primogénito varón. Se trata de dos prescripciones muy antiguas: una se refiere a la madre y la otra al niño neonato. Para la mujer se prescribe que se abstenga durante cuarenta días de las prácticas rituales, y que después ofrezca un doble sacrificio: un cordero en holocausto y una tórtola o un pichón por el pecado; pero si la mujer es pobre, puede ofrecer dos tórtolas o dos pichones (cf. Lev 12, 1-8). San Lucas precisa que María y José ofrecieron el sacrificio de los pobres (cf. 2, 24), para evidenciar que Jesús nació en una familia de gente sencilla, humilde pero muy creyente: una familia perteneciente a esos pobres de Israel que forman el verdadero pueblo de Dios. Para el primogénito varón, que según la ley de Moisés es propiedad de Dios, se prescribía en cambio el rescate, establecido en la oferta de cinco siclos, que había que pagar a un sacerdote en cualquier lugar. Ello en memoria perenne del hecho de que, en tiempos del Éxodo, Dios rescató a los primogénitos de los hebreos (cf. Ex 13, 11-16).

Es importante observar que para estos dos actos —la purificación de la madre y el rescate del hijo— no era necesario ir al Templo. Sin embargo, María y José quieren hacer todo en Jerusalén, y san Lucas muestra cómo toda la escena converge en el Templo, y por lo tanto se focaliza en Jesús, que allí entra. Y he aquí que, justamente a través de las prescripciones de la ley, el acontecimiento principal se vuelve otro: o sea, la «presentación» de Jesús en el Templo de Dios, que significa el acto de ofrecer al Hijo del Altísimo al Padre que le ha enviado (cf. Lc 1, 32.35). 

Esta narración del evangelista tiene su correspondencia en la palabra del profeta Malaquías que hemos escuchado al inicio de la primera lectura: «Voy a enviar a mi mensajero para que prepare el camino ante mí. Enseguida llegará a su santuario el Señor a quien ustedes andan buscando; y el mensajero de la alianza en quien los regocijará, miren que está llegando, dice el Señor del universo… Refinará a los sacerdotes… para que puedan ofrecer al Señor ofrenda y oblación justas» (3, 1.3).

Unido es esto podemos ver a Simeón cuando pronuncia la profecía acerca del Niño y su Madre: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma [María] una espada te traspasará el alma» (Lc 2, 34-35). La «salvación» que Jesús lleva a su pueblo y que encarna en sí mismo pasa por la cruz, a través de la muerte violenta que Él vencerá y transformará con la oblación de la vida por amor. Esta oblación ya está preanunciada en el gesto de la presentación en el Templo, un gesto ciertamente motivado por las tradiciones de la antigua Alianza, pero íntimamente animado por la plenitud de la fe y del amor que corresponde a la plenitud de los tiempos, a la presencia de Dios y de su Santo Espíritu en Jesús. El Espíritu, en efecto, aletea en toda la escena de la presentación de Jesús en el Templo, en particular en la figura de Simeón, pero también de Ana. Es el Espíritu «Paráclito», que lleva el «consuelo» de Israel y mueve los pasos y el corazón de quienes lo esperan. Es el Espíritu que sugiere las palabras proféticas de Simeón y Ana, palabras de bendición, de alabanza a Dios, de fe en su Consagrado, de agradecimiento porque por fin nuestros ojos pueden ver y nuestros brazos estrechar «su salvación» (cf. 2, 30). 

«Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2, 32): así Simeón define al Mesías del Señor, al final de su canto de bendición. El tema de la luz, que resuena en el primer y segundo canto del Siervo del Señor, en el Deutero-Isaías (cf. Is 42, 6; 49, 6), está fuertemente presente en esta liturgia, por eso nuestro pueblo ha llamado esta fiesta como ‘la Candelaria’ haciendo referencia a la vela que transmite la luz, Este signo, es muy expresivo. Manifiesta la belleza y el valor de la vida cristiana, como reflejo de la luz de Cristo, un signo que recuerda la entrada de María en el Templo: la Virgen María, la primera discípula, llevaba en brazos a la Luz misma, al Verbo encarnado, que vino para expulsar las tinieblas del mundo con el amor de Dios. 

Con esta fiesta la Iglesia nos quiere recordar, en resumen, la esencia de la vida cristiana: Cristo es la Luz del mundo que se ha manifestado en medio de los sencillos que han dicho si al proyecto de Dios, la sagrada familia de Nazaret, ellos llevan el Verbo Encarnado a quienes lo necesitan, lo esperan, y lo buscan. Esta sencilla, pero profunda metodología es la que genera discípulos y misioneros, pues sólo aquellos que han Encontrado al Señor, sólo aquellos que como María y José ha confiado y dicho si al proyecto Divino pueden a su vez ser portadores de la Luz que Jesús trae a las gentes. Que esta celebración nos ayude a evaluar nuestra vida de fe, ¿Realmente somos un reflejo de la luz de Dios?

+ Faustino Armendáriz Jiménez

Arzobispo de Durango

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